Simojovel

28 jun 2015 7:13 AM.
Por: Redacción – xeu Noticias

Empresarios de Corea, China y Taiwán llegaron hace dos años a Simojovel, Chiapas, a comprar piezas de ámbar rojo y amarillo, considerado el de mayor calidad y belleza, agotando así de este material precioso a minas de 25 millones de años de antigüedad, denuncian habitantes de este municipio.

El periódico El Universal publica este domingo un reportaje que muestra la forma en que los asiáticos se han llevado el ámbar chiapaneco de localidades como La Pimienta, una comunidad tzotzil de Simojovel, donde sus habitantes, niños y adultos, trabajan de siete de la mañana a tres de la tarde para extraerlo de las minas por sueldos sumamente bajos.

La publicación detalla que el ámbar generó una nueva forma de hacer negocio, desde la renta de minas de aproximadamente seis mil pesos mensuales para exportarlo a China, Corea y Taiwán en donde es vendido en más de 600 pesos cada piedra, el equivalente al gramo de oro de 24 quilates, según declaraciones de artesanos chiapanecos.

Fuente: El Universal/

28 jun 2015 7:13 AM.
Por: Redacción – xeu Noticias

Empresarios de Corea, China y Taiwán llegaron hace dos años a Simojovel, Chiapas, a comprar piezas de ámbar rojo y amarillo, considerado el de mayor calidad y belleza, agotando así de este material precioso a minas de 25 millones de años de antigüedad, denuncian habitantes de este municipio.

El periódico El Universal publica este domingo un reportaje que muestra la forma en que los asiáticos se han llevado el ámbar chiapaneco de localidades como La Pimienta, una comunidad tzotzil de Simojovel, donde sus habitantes, niños y adultos, trabajan de siete de la mañana a tres de la tarde para extraerlo de las minas por sueldos sumamente bajos.

La publicación detalla que el ámbar generó una nueva forma de hacer negocio, desde la renta de minas de aproximadamente seis mil pesos mensuales para exportarlo a China, Corea y Taiwán en donde es vendido en más de 600 pesos cada piedra, el equivalente al gramo de oro de 24 quilates, según declaraciones de artesanos chiapanecos.

Fuente: El Universal/

Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium


El primer gran documento del pontificado del papa Francisco ya está en la calle. Se trata de la “Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del Santo Padre Francisco a los obispos, a los presbíteros y diácnonos, a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual”. Son 224 folios y promete ser muy polémica, especialmente en el capítulo segundo: “En la crisis del compromiso comunitario”.

En esa segunda parte de la Exhortación, el argentino hace un análisis de la situación actual en clave económica. Y se lanza con fuerza contra el “mercado libre, la globalización, el crecimiento económico o el consumo”. Una “economía que mata”, asegura Francisco, que llama a los cristianos a “reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo”.

Es una parte pequeña del documento, menos de una decena de páginas, pero con mucho contenido. Porque Francisco no hace ninguna referencia a la intervención de los poderes públicos, ni a la falta de libertad económica, ni a las barreras comerciales, ni a las leyes que limitan la competencia,… Todos los problemas parecen causados por el libre mercado, el capitalismo y la globalización.

En realidad, allí donde más libertad económica hay, menos pobreza existe, algo que el Papa no le parece relevante. Tampoco que sean los regímenes menos amables con el liberalismo aquellos donde más se ataca a la iglesia y donde más crece la miseria. En cuestiones económicas, el enemigo de Francisco es el mercado.

Cuanto más se extiende el libre mercado, más crecen los países. Por ejemplo, el último Índice de Libertad Económica está liderado por Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelanda, Suiza, Canadá, Chile, Mauricio, Dinamarca y EEUU. Todos estos países, con sus diferencias, están también entre los más prósperos del mundo. Enfrente, la lista la cierran Cuba, Corea del Norte o Zimbabue, países donde la carestía crece día a día.

Y en realidad, la pobreza en el mundo no sólo no está creciendo sino que desciende, tanto en términos porcentuales como en números absolutos. Y allí donde más priman los mercados, más cae. No sólo está el ejemplo asiático. En África, se está viviendo una auténtica revolución. El Continente Negro está entrando en el ciclo de la globalización y, en consecuencia, crece a tasas nunca vistas.

Las guerras no las comienzan los mercaderes, sino los políticos y los estados (esos del “bien común”). Y los atentados terroristas y otras formas modernas de violencia son cometidos abrumadoramente por individuos de familias de clase media y alta.

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA EVANGELII GAUDIUM

DEL

SANTO PADRE FRANCISCO

A LOS OBISPOS

A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS

A LAS PERSONAS CONSAGRADAS Y

A LOS FIELES LAICOS

SOBRE EL ANUNCIO DEL EVANGELIO EN EL MUNDO ACTUAL

El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.

La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de
placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría».

Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Co9,16).

La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces
anónimo.

No a una economía de la exclusión

Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se
está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».

En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

No a la nueva idolatría del dinero

Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya
que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que
atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro
(cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiada da en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la gravecarencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz.

Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado,
convertidos en regla absoluta.

No a un dinero que gobierna en lugar de servir

Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios.

La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la
degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado. Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética –una ética no ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos».

Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.

No a la inequidad que genera violencia

Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar
silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de
disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede
esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.

Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo
sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países –en sus gobiernos, empresarios e instituciones– cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.

Algunos desafíos culturales

Evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse. A veces éstos se manifiestan en  verdaderos ataques a la libertad religiosa o en nuevas situaciones de persecución a los cristianos, las cuales en algunos países han alcanzado niveles alarmantes de odio y violencia. En muchos lugares se trata más bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que parezca totalitario. Esto no perjudica sólo a la Iglesia, sino a la vida social en general. Reconozcamos que una cultura, en la cual cada uno quiere ser el portador de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales.

En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas. Así lo han manifestado en distintos Sínodos los Obispos de varios continentes. Los Obispos africanos, por ejemplo, retomando la Encíclica Sollicitudo rei socialis, señalaron años atrás que muchas veces se quiere convertir a los países de África en simples «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la
parte Norte del mundo, no siempre tienen en la debida consideración las prioridades y los problemas propios de estos países, ni respetan su fisonomía cultural».

Igualmente, los Obispos de Asia «subrayaron los influjos que desde el exterior se ejercen sobre las culturas
asiáticas. Están apareciendo nuevas formas de conducta, que son resultado de una excesiva exposición a los
medios de comunicación social […]

Eso tiene como consecuencia que los aspectos negativos de las industrias de los medios de comunicación y de entretenimiento ponen en peligro los valores tradicionales».

La fe católica de muchos pueblosse enfrenta hoy con el desafío de la proliferación de nuevos movimiento
s religiosos, algunos tendientes al fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin
Dios. Esto es, por una parte, el resultado de una reacción humana frente a la sociedad materialista, consumista e individualista y, por otra parte, un aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las periferias y zonas empobrecidas, que sobrevive en medio de grandes dolores humanos y busca soluciones inmediatas para sus necesidades. Estos movimientos religiosos, que se caracterizan por su sutil penetración, vienen a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado por el racionalismo secularista. Además, es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima
poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos. En muchas partes hay un
predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización.

El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios. Como bien indican los Obispos de Estados Unidos de América, mientras la Iglesia insiste en la existencia de normas morales objetivas, válidas para todos, «hay quienes presentan esta enseñanza como injusta, esto es, como opuesta a los derechos humanos básicos. Tales alegatos suelen provenir de una forma de relativismo moral que está unida, no sin inconsistencia, a una creencia en los derechos absolutos de los individuos. En este punto de vista se percibe a la Iglesia como si promoviera un prejuicio particular y como si interfiriera con la libertad individual».

Vivimos en una sociedad de la información que nos satura indiscriminadamente de datos, todos en el mismo nivel, y termina llevándonos a una tremenda superficialidad a la hora de plantear las cuestiones morales. Por consiguiente, se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores.

A pesar de toda la corriente secularista que invade las sociedades, en muchos países -aun donde el cristianismo es minoría- la Iglesia católica es una institución creíble ante la opinión pública, confiable
en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados.

En repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de problemas que afectan a la paz, la concordia, la tierra, la defensa de la vida, los derechos humanos y ciudadanos, etc. ¡Y cuánto aportan las
escuelas y universidades católicas en todo el mundo! Es muy bueno que así sea. Pero nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común.
La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros y donde los padres
transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero
el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja. Como enseñan los Obispos franceses, no procede «del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total».

El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales.

Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga6,2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural.


El primer gran documento del pontificado del papa Francisco ya está en la calle. Se trata de la “Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del Santo Padre Francisco a los obispos, a los presbíteros y diácnonos, a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual”. Son 224 folios y promete ser muy polémica, especialmente en el capítulo segundo: “En la crisis del compromiso comunitario”.

En esa segunda parte de la Exhortación, el argentino hace un análisis de la situación actual en clave económica. Y se lanza con fuerza contra el “mercado libre, la globalización, el crecimiento económico o el consumo”. Una “economía que mata”, asegura Francisco, que llama a los cristianos a “reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo”.

Es una parte pequeña del documento, menos de una decena de páginas, pero con mucho contenido. Porque Francisco no hace ninguna referencia a la intervención de los poderes públicos, ni a la falta de libertad económica, ni a las barreras comerciales, ni a las leyes que limitan la competencia,… Todos los problemas parecen causados por el libre mercado, el capitalismo y la globalización.

En realidad, allí donde más libertad económica hay, menos pobreza existe, algo que el Papa no le parece relevante. Tampoco que sean los regímenes menos amables con el liberalismo aquellos donde más se ataca a la iglesia y donde más crece la miseria. En cuestiones económicas, el enemigo de Francisco es el mercado.

Cuanto más se extiende el libre mercado, más crecen los países. Por ejemplo, el último Índice de Libertad Económica está liderado por Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelanda, Suiza, Canadá, Chile, Mauricio, Dinamarca y EEUU. Todos estos países, con sus diferencias, están también entre los más prósperos del mundo. Enfrente, la lista la cierran Cuba, Corea del Norte o Zimbabue, países donde la carestía crece día a día.

Y en realidad, la pobreza en el mundo no sólo no está creciendo sino que desciende, tanto en términos porcentuales como en números absolutos. Y allí donde más priman los mercados, más cae. No sólo está el ejemplo asiático. En África, se está viviendo una auténtica revolución. El Continente Negro está entrando en el ciclo de la globalización y, en consecuencia, crece a tasas nunca vistas.

Las guerras no las comienzan los mercaderes, sino los políticos y los estados (esos del “bien común”). Y los atentados terroristas y otras formas modernas de violencia son cometidos abrumadoramente por individuos de familias de clase media y alta.

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA EVANGELII GAUDIUM

DEL

SANTO PADRE FRANCISCO

A LOS OBISPOS

A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS

A LAS PERSONAS CONSAGRADAS Y

A LOS FIELES LAICOS

SOBRE EL ANUNCIO DEL EVANGELIO EN EL MUNDO ACTUAL

El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.

La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de
placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría».

Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Co9,16).

La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces
anónimo.

No a una economía de la exclusión

Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se
está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».

En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

No a la nueva idolatría del dinero

Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya
que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que
atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro
(cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiada da en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la gravecarencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz.

Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado,
convertidos en regla absoluta.

No a un dinero que gobierna en lugar de servir

Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios.

La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la
degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado. Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética –una ética no ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos».

Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.

No a la inequidad que genera violencia

Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar
silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de
disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede
esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.

Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo
sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países –en sus gobiernos, empresarios e instituciones– cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.

Algunos desafíos culturales

Evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse. A veces éstos se manifiestan en  verdaderos ataques a la libertad religiosa o en nuevas situaciones de persecución a los cristianos, las cuales en algunos países han alcanzado niveles alarmantes de odio y violencia. En muchos lugares se trata más bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que parezca totalitario. Esto no perjudica sólo a la Iglesia, sino a la vida social en general. Reconozcamos que una cultura, en la cual cada uno quiere ser el portador de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales.

En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas. Así lo han manifestado en distintos Sínodos los Obispos de varios continentes. Los Obispos africanos, por ejemplo, retomando la Encíclica Sollicitudo rei socialis, señalaron años atrás que muchas veces se quiere convertir a los países de África en simples «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la
parte Norte del mundo, no siempre tienen en la debida consideración las prioridades y los problemas propios de estos países, ni respetan su fisonomía cultural».

Igualmente, los Obispos de Asia «subrayaron los influjos que desde el exterior se ejercen sobre las culturas
asiáticas. Están apareciendo nuevas formas de conducta, que son resultado de una excesiva exposición a los
medios de comunicación social […]

Eso tiene como consecuencia que los aspectos negativos de las industrias de los medios de comunicación y de entretenimiento ponen en peligro los valores tradicionales».

La fe católica de muchos pueblosse enfrenta hoy con el desafío de la proliferación de nuevos movimiento
s religiosos, algunos tendientes al fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin
Dios. Esto es, por una parte, el resultado de una reacción humana frente a la sociedad materialista, consumista e individualista y, por otra parte, un aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las periferias y zonas empobrecidas, que sobrevive en medio de grandes dolores humanos y busca soluciones inmediatas para sus necesidades. Estos movimientos religiosos, que se caracterizan por su sutil penetración, vienen a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado por el racionalismo secularista. Además, es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima
poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos. En muchas partes hay un
predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización.

El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios. Como bien indican los Obispos de Estados Unidos de América, mientras la Iglesia insiste en la existencia de normas morales objetivas, válidas para todos, «hay quienes presentan esta enseñanza como injusta, esto es, como opuesta a los derechos humanos básicos. Tales alegatos suelen provenir de una forma de relativismo moral que está unida, no sin inconsistencia, a una creencia en los derechos absolutos de los individuos. En este punto de vista se percibe a la Iglesia como si promoviera un prejuicio particular y como si interfiriera con la libertad individual».

Vivimos en una sociedad de la información que nos satura indiscriminadamente de datos, todos en el mismo nivel, y termina llevándonos a una tremenda superficialidad a la hora de plantear las cuestiones morales. Por consiguiente, se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores.

A pesar de toda la corriente secularista que invade las sociedades, en muchos países -aun donde el cristianismo es minoría- la Iglesia católica es una institución creíble ante la opinión pública, confiable
en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados.

En repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de problemas que afectan a la paz, la concordia, la tierra, la defensa de la vida, los derechos humanos y ciudadanos, etc. ¡Y cuánto aportan las
escuelas y universidades católicas en todo el mundo! Es muy bueno que así sea. Pero nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común.
La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros y donde los padres
transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero
el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja. Como enseñan los Obispos franceses, no procede «del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total».

El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales.

Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga6,2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural.

llegando al limite

Por Andrius Sytas

18 de noviembre del 2013

VILNA (Reuters) – El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, instó el lunes a que la Unión Europea siga a la vanguardia de los esfuerzos para combatir el cambio climático, desoyendo los argumentos encabezados por Polonia y líderes empresariales de que el bloque debe tener el crecimiento económico como prioridad.

El viernes termina una cumbre en Varsovia con el objetivo de alcanzar un nuevo acuerdo mundial en 2015 sobre cómo limitar el calentamiento global a los 2 grados centígrados que los científicos dicen evitarían los efectos más devastadores del cambio climático.

“Debemos comprometernos a contener este aumento de la temperatura mundial en dos grados. Cuento con que la Unión Europea liderará esta campaña”, dijo Ban Ki-moon a los periodistas en Lituania, que ocupa la presidencia semestral rotatoria de la UE hasta final de año.

De camino a Varsovia, Ban dijo que pedirá allí un liderazgo político más fuerte y una mayor ambición para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero -en gran parte por el uso de combustibles fósiles- que los científicos dicen casi con toda certeza que son la principal causa del calentamiento.

Europa se ha enorgullecido de prometer mayores reducciones de estos gases que otros países.

Pero su liderazgo se tambalea después de que los líderes empresariales argumentaron que el costo de promover las energías renovables y los controles de las emisiones podrían presionar para que algunos de los 28 miembros de la UE vuelvan a la recesión, especialmente si otras economías no están sujetas al mismo nivel de regulación.

Las expectativas en Varsovia son bajas, teniendo en cuenta que muchos países de otras regiones del mundo también pasan por dificultades para tener un crecimiento sostenible.

El fin de semana se rompieron las negociaciones sobre cómo crear nuevos mercados sobre el carbono para reducir los gases de efecto invernadero, después de que algunos países rechazasen progresar a menos que las naciones más ricas hagan más por reducir sus propias emisiones, dijeron fuentes.

Polonia, cuya economía tiene una de sus bases en el carbón, un gran contaminante, ha aprovechado la ocasión para organizar una conferencia sobre el carbón limpio.

El viernes, Japón dijo que la clausura de sus centrales nucleares, que generan energía sin emitir gases de efecto invernadero, supone que tiene que abandonar sus promesas previas sobre la reducción de sus emisiones.

Está previsto que la Comisión Europea publique sus propuestas para el clima hasta 2030 en enero, la primera región que lo hará, aunque asegurar el acuerdo entre los miembros será difícil.

Se espera que las propuestas se vean acompañadas de un informe sobre el impacto de los subsidios a la energía renovable, que son criticados por unos mayores precios de la energía mientras Estados Unidos se beneficia de un barato gas de esquisto.

Fuentes de la UE dijeron que se estaba estudiando un recorte de las emisiones de alrededor de un 40 por ciento desde los niveles de 1990.

Los ecologistas dicen que el nivel no es lo suficientemente ambicioso y afirman que la UE ha cumplido con el recorte de las emisiones del 20 por ciento para 2020.

(Reporte de Barbara Lewis. Traducido por Rodrigo de Miguel en la Redacción de Madrid. Editado por Lucila Sigal)


El crecimiento de la raza humana es tan veloz, que necesitaría un segundo planeta en el año 2030 para alimentar a todos

Por Andrius Sytas

18 de noviembre del 2013

VILNA (Reuters) – El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, instó el lunes a que la Unión Europea siga a la vanguardia de los esfuerzos para combatir el cambio climático, desoyendo los argumentos encabezados por Polonia y líderes empresariales de que el bloque debe tener el crecimiento económico como prioridad.

El viernes termina una cumbre en Varsovia con el objetivo de alcanzar un nuevo acuerdo mundial en 2015 sobre cómo limitar el calentamiento global a los 2 grados centígrados que los científicos dicen evitarían los efectos más devastadores del cambio climático.

“Debemos comprometernos a contener este aumento de la temperatura mundial en dos grados. Cuento con que la Unión Europea liderará esta campaña”, dijo Ban Ki-moon a los periodistas en Lituania, que ocupa la presidencia semestral rotatoria de la UE hasta final de año.

De camino a Varsovia, Ban dijo que pedirá allí un liderazgo político más fuerte y una mayor ambición para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero -en gran parte por el uso de combustibles fósiles- que los científicos dicen casi con toda certeza que son la principal causa del calentamiento.

Europa se ha enorgullecido de prometer mayores reducciones de estos gases que otros países.

Pero su liderazgo se tambalea después de que los líderes empresariales argumentaron que el costo de promover las energías renovables y los controles de las emisiones podrían presionar para que algunos de los 28 miembros de la UE vuelvan a la recesión, especialmente si otras economías no están sujetas al mismo nivel de regulación.

Las expectativas en Varsovia son bajas, teniendo en cuenta que muchos países de otras regiones del mundo también pasan por dificultades para tener un crecimiento sostenible.

El fin de semana se rompieron las negociaciones sobre cómo crear nuevos mercados sobre el carbono para reducir los gases de efecto invernadero, después de que algunos países rechazasen progresar a menos que las naciones más ricas hagan más por reducir sus propias emisiones, dijeron fuentes.

Polonia, cuya economía tiene una de sus bases en el carbón, un gran contaminante, ha aprovechado la ocasión para organizar una conferencia sobre el carbón limpio.

El viernes, Japón dijo que la clausura de sus centrales nucleares, que generan energía sin emitir gases de efecto invernadero, supone que tiene que abandonar sus promesas previas sobre la reducción de sus emisiones.

Está previsto que la Comisión Europea publique sus propuestas para el clima hasta 2030 en enero, la primera región que lo hará, aunque asegurar el acuerdo entre los miembros será difícil.

Se espera que las propuestas se vean acompañadas de un informe sobre el impacto de los subsidios a la energía renovable, que son criticados por unos mayores precios de la energía mientras Estados Unidos se beneficia de un barato gas de esquisto.

Fuentes de la UE dijeron que se estaba estudiando un recorte de las emisiones de alrededor de un 40 por ciento desde los niveles de 1990.

Los ecologistas dicen que el nivel no es lo suficientemente ambicioso y afirman que la UE ha cumplido con el recorte de las emisiones del 20 por ciento para 2020.

(Reporte de Barbara Lewis. Traducido por Rodrigo de Miguel en la Redacción de Madrid. Editado por Lucila Sigal)


El crecimiento de la raza humana es tan veloz, que necesitaría un segundo planeta en el año 2030 para alimentar a todos

el ganado y la biomasa global

¿Debemos renunciar al chuletón para salvar al planeta?

Por Miguel Artime | Ciencia curiosa – mié, 27 jun 2012

Cada vez que nos mentan el ya innegable fenómeno del calentamiento global provocado por la actividad humana, se nos vienen imágenes de tubos de escape emitiendo gases de combustión, grandes chimeneas industriales liberando gases invernadero, etc. Pocas veces, por no decir ninguna, culpamos a nuestro irrefrenable apetito por la carne del aumento en las temperaturas del planeta. Lo crean o no la industria cárnica y la cría de ganado suman el 18% del total de emisiones de gases de efecto invernadero, lo que supone un impacto mayor que todo el transporte terrestre mundial, según informa la FAO.

Un dato devastador que apenas se conoce es que el 78% del total del área cultivable de tierras en nuestro planeta (e incluyo entre esas a los distintos terrenos destinados a pastos) se dedican de una forma u otra al mantenimiento de animales de granja. Y es que más de un tercio del grano cultivado en la Tierra se utiliza como forraje. ¿No sería mucho más lógico producir menos carne, criar menos animales y dedicar todo ese grano a la alimentación humana?

Ya no es simplemente por el hecho de asegurar la alimentación de personas en áreas poco favorecidas. Es que haciendo esto incluso se podrían dedicar excedentes a la producción de biocombustibles.

Sea como sea, necesitamos reducir drásticamente la cantidad de carne que comemos, particularmente la de vaca. Solo así podríamos reequilibrar el ciclo global del carbono, reduciendo los riesgos del calentamiento global.
Esto es lo que se desprende de un nuevo estudio realizado por científicos de la Universidad de Exeter en el Reino Unido, publicado recientemente en la revista Energy & Enviromental Science. De continuar con los hábitos actuales en el consumo de carne, y teniendo en cuenta el aumento previsto en la población del planeta, lo que nos espera es un desastre ecológico.
Para estos investigadores, no basta con reducir el consumo de carne; además, tendríamos que dedicar más porciones de tierra al cultivo de biomasa y al secuestro de carbono. A pesar de que las plantas son menos eficientes como proveedoras de energía en comparación con los combustibles fósiles, capturan y almacenan energía que de otro modo acabaría en la atmósfera.
Para evitar el desastre, los científicos proponen reducir para el año 2050 el consumo medio de carne desde el 16,6% actual hasta un 15% de la ingesta calórica diaria. Eso reduciría los niveles de dióxido de carbono en 25 partes por millón, lo cual bastaría para mantener el aumento de la temperatura global por debajo del límite de los dos grados, techo que según los expertos es el incremento máximo “seguro”.
Teniendo en cuenta que en el año 2050 seremos 9.300 millones de personas en la Tierra, el reto es sin duda formidable. Hay que incrementar el consumo de vegetales y reducir poco a poco nuestro apetito por la carne si queremos preservar la sostenibilidad planetaria.

¿Debemos renunciar al chuletón para salvar al planeta?

Por Miguel Artime | Ciencia curiosa – mié, 27 jun 2012

Cada vez que nos mentan el ya innegable fenómeno del calentamiento global provocado por la actividad humana, se nos vienen imágenes de tubos de escape emitiendo gases de combustión, grandes chimeneas industriales liberando gases invernadero, etc. Pocas veces, por no decir ninguna, culpamos a nuestro irrefrenable apetito por la carne del aumento en las temperaturas del planeta. Lo crean o no la industria cárnica y la cría de ganado suman el 18% del total de emisiones de gases de efecto invernadero, lo que supone un impacto mayor que todo el transporte terrestre mundial, según informa la FAO.

Un dato devastador que apenas se conoce es que el 78% del total del área cultivable de tierras en nuestro planeta (e incluyo entre esas a los distintos terrenos destinados a pastos) se dedican de una forma u otra al mantenimiento de animales de granja. Y es que más de un tercio del grano cultivado en la Tierra se utiliza como forraje. ¿No sería mucho más lógico producir menos carne, criar menos animales y dedicar todo ese grano a la alimentación humana?

Ya no es simplemente por el hecho de asegurar la alimentación de personas en áreas poco favorecidas. Es que haciendo esto incluso se podrían dedicar excedentes a la producción de biocombustibles.

Sea como sea, necesitamos reducir drásticamente la cantidad de carne que comemos, particularmente la de vaca. Solo así podríamos reequilibrar el ciclo global del carbono, reduciendo los riesgos del calentamiento global.
Esto es lo que se desprende de un nuevo estudio realizado por científicos de la Universidad de Exeter en el Reino Unido, publicado recientemente en la revista Energy & Enviromental Science. De continuar con los hábitos actuales en el consumo de carne, y teniendo en cuenta el aumento previsto en la población del planeta, lo que nos espera es un desastre ecológico.
Para estos investigadores, no basta con reducir el consumo de carne; además, tendríamos que dedicar más porciones de tierra al cultivo de biomasa y al secuestro de carbono. A pesar de que las plantas son menos eficientes como proveedoras de energía en comparación con los combustibles fósiles, capturan y almacenan energía que de otro modo acabaría en la atmósfera.
Para evitar el desastre, los científicos proponen reducir para el año 2050 el consumo medio de carne desde el 16,6% actual hasta un 15% de la ingesta calórica diaria. Eso reduciría los niveles de dióxido de carbono en 25 partes por millón, lo cual bastaría para mantener el aumento de la temperatura global por debajo del límite de los dos grados, techo que según los expertos es el incremento máximo “seguro”.
Teniendo en cuenta que en el año 2050 seremos 9.300 millones de personas en la Tierra, el reto es sin duda formidable. Hay que incrementar el consumo de vegetales y reducir poco a poco nuestro apetito por la carne si queremos preservar la sostenibilidad planetaria.

la batalla por la tierra

LONDRES (Reuters) – Al menos una persona muere cada semana por disputas medioambientales en el mundo, a medida que la batalla por la tierra, los recursos naturales y los bosques se está volviendo más violenta, según un informe publicado el martes.’G…

LONDRES (Reuters) – Al menos una persona muere cada semana por disputas medioambientales en el mundo, a medida que la batalla por la tierra, los recursos naturales y los bosques se está volviendo más violenta, según un informe publicado el martes.
‘Global Witness’, un grupo defensor de los derechos humanos que investiga la explotación de los recursos naturales, dijo que al menos 106 personas murieron en el 2011, casi el doble de la cifra del 2009, en ataques y enfrentamientos en países ricos en recursos como Brasil, Indonesia y Perú.
Un total de 711 personas murieron entre el 2002 y el 2011 en este tipo de disputas, lo que se traduce en más de un deceso por semana, añadió la entidad, que además indicó que se impuso una cultura de impunidad en la que apenas hubo condenas.
“Es una paradoja bien conocida que muchos de los países más pobres del mundo son el hogar de los recursos que impulsan la economía mundial”, dijo el informe.
“Ahora, como la carrera para tener acceso a estos recursos se intensifica, es la gente pobre y los activistas los que cada vez se encuentran más en la línea de fuego”, añadió.
Los pactos sobre recursos naturales fueron acordados a menudo en secreto entre funcionarios, élites política y empresarial, según el informe, dejando a las personas de la tierra o de los bosques afectados sin ningún derecho o voz en el proceso.
Aquellos que intentaron hablar fueron castigados a menudo con violencia, desalojos forzosos o asesinatos.
“Los asesinatos tuvieron una gran variedad de formas, incluyendo enfrentamientos entre comunidades y fuerzas de seguridad estatales, desapariciones seguidas de muertes confirmadas, muertes bajo custodia, o asesinatos selectivos”, señaló el reporte.

FEROZ COMPETENCIA POR LOS RECURSOS

Los países con el mayor número de asesinatos registrados fueron Brasil, Perú, Colombia y Filipinas, donde hubo más de un asesinato por semana, según Global Witness.
“Global Witness considera que estas tendencias son sintomáticas de una competencia cada vez más feroz por los recursos, con la consecuente brutalidad e injusticia” manifestó el escrito.
“La tierra y los bosques son usados para un rango de propósitos que incluyen la agricultura intensiva, la minería, las plantaciones, la tala de árboles, la expansión urbana y los proyectos de energía hidroeléctrica”, indicó.
En uno de los casos descritos en el informe, Eliezer “Boy” Billanes, líder de una comunidad en Filipinas que puso en marcha una campaña contra un proyecto de extracción de cobre y oro, fue asesinado por dos hombres sin identificar que conducían una motocicleta mientras compraba el periódico.
Su asesinato, en el 2009, tuvo lugar pocas semanas después de que él mismo informara de que estaba amenazado por las fuerzas militares de la zona.
En otro caso -en abril de este año- Chut Wutty, un activista por el medio ambiente de Camboya, fue asesinado por miembros de la Policía Militar Camboyana mientras llevaba a cabo un estudio de campo sobre la tala ilegal y la confiscación de tierras.
Global Witness dijo que la investigación del Gobierno sobre su muerte se abrió y cerró en tres años. No pudo hacer frente a cómo o por qué fue asesinado, al tiempo que prohibieron que nadie más investigara la venta masiva de recursos naturales del país, dijo el informe.
“Si este problema no se aborda de manera urgente, es probable que empeore, particularmente a medida que esperamos más inversiones en países con normas de derecho débiles”, expresó Global Witness.
“Esto podría significar conflictos más violentos sobre los proyectos de inversión y disputas por la tenencia de la tierra, con consecuencias potencialmente trágicas”, finalizó.

(Traducido en la Redacción de Madrid; Editado en español por Ana Laura Mitidieri)