Crónicas coloradas: Imágenes del desahucio

Un hombre decide reinventarse y viaja a Denver a empezar de nuevo. Este libro fue concebido como parte colección de cuentos, parte narración de viaje. Empezó como lo indica el titulo, como una crónica de un viaje a Colorado. pero la decrepitud de Denver se impuso e inmediatamente el texto se muestra como una estampa del desahucio. La imagen de sombras zarrapastrosas empujando carritos de supermercado con todas sus pertenencias por las ciudades del imperio resulta pintorescamente surrealista.

Un hombre decide reinventarse y viaja a Denver a empezar de nuevo. Este libro fue concebido como parte colección de cuentos, parte narración de viaje. Empezó como lo indica el titulo, como una crónica de un viaje a Colorado. pero la decrepitud de Denver se impuso e inmediatamente el texto se muestra como una estampa del desahucio. La imagen de sombras zarrapastrosas empujando carritos de supermercado con todas sus pertenencias por las ciudades del imperio resulta pintorescamente surrealista.

La intención de escribir

La intención de escribir es solo en parte el deseo de ser leido. El ser escritor es un oficio y una vocación. Es decir, el escribir es un medio pecuiniario. Dependiendo de la circunstancia, la parte economica es relevante, mas no determinante, en la volición literaria. En cualquier caso, no se como hacer dinero escribiendo. Debo tomar esto con más seriedad. Creo, porque en esto no tengo la sombra de certeza, que lo que busco es entender la realidad, o si se quiere mi percepción, a traves de la disciplina de evocar en otros sentimientos propios.

La intención de escribir es solo en parte el deseo de ser leido. El ser escritor es un oficio y una vocación. Es decir, el escribir es un medio pecuiniario. Dependiendo de la circunstancia, la parte economica es relevante, mas no determinante, en la volición literaria. En cualquier caso, no se como hacer dinero escribiendo. Debo tomar esto con más seriedad. Creo, porque en esto no tengo la sombra de certeza, que lo que busco es entender la realidad, o si se quiere mi percepción, a traves de la disciplina de evocar en otros sentimientos propios.

el regiomontano universal

Alfonso Reyes Ochoa (Monterrey, 17 de mayo de 1889 – México, D.F., 27 de diciembre de 1959) fue un poeta, ensayista, narrador, diplomático y pensador mexicano. Se le conoce también como «el regiomontano universal».1 Alfonso Reyes. Obras completas 23 books curated by José Carlos Morales Obras Completas de Alfonso Reyes. México: Fondo de Cultura Económica. […]

Alfonso Reyes Ochoa (Monterrey, 17 de mayo de 1889México, D.F., 27 de diciembre de 1959) fue un poeta, ensayista, narrador, diplomático y pensador mexicano. Se le conoce también como «el regiomontano universal».1


Alfonso Reyes. Obras completas

23 books curated by José Carlos Morales
Obras Completas de Alfonso Reyes. México: Fondo de Cultura Económica. Nota: Las publicaciones pertenecen a sus autores y herederos (cuando es el caso), y se encuentran en versión digital porque así lo decidió el editor.

Alfonso Reyes digital. Obras completas y dos epistolarios
Reyes, Alfonso
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA (FCE)
$ 1462 ISBN: 8493140171 Precio internet: $ 1,462.00 Descuento: 0%

Reseña

En DVD, en edición facsimilar, la Fundación Mapfre Tavera de Madrid y el FCE presentan los veintiséis tomos de las obras completas del escritor regiomontano, además de su epistolario con Pedro Henríquez Ureña y Julio Torri. Junto a las obras de Reyes se incluyen textos escritos expresamente para esta edición de José Luis Martínez, Alicia Reyes y Adolfo Castañón.

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Discurso de Fernando Vallejo al recibir el Premio Feria Internacional del Libro de Literatura (FIL) y Lenguas Romances

Como este acto se encamina a su final y ya queda poco tiempo, les diré brevemente que me siento muy honrado por el premio que me dan; que no pienso que lo merezca; que este diploma lo guardaré en mi casa con orgullo; y que los ciento cincuenta mil dólares que lo acompañan se los doy, por partes iguales, a dos asociaciones caritativas de México: los “Amigos de los Animales”, de la señora Martha Alarcón de la ciudad de Jalapa; y los “Animales Desamparados”, de la señora Patricia Rico de la ciudad de México. En mi encuentro del lunes con los jóvenes universitarios que tendrá lugar en esta misma sala, se los entregaré a las señoras.

Habría preferido que esos dólares se los hubiera dado la FIL directamente a ellas sin pasar por mí, porque cuando tomo dinero me tengo que lavar las manos, pero no pudo ser por razones burocráticas. Eso de la lavada de las manos es una manía que me viene de la infancia, de la educación familiar. Cada que cogíamos una moneda, mi mamá nos decía: “Vaya lávese las manos m’hijo, que tocó plata”. (Allá a los niños les hablan de “usted”.) De unos niños educados así, ¿qué se podía esperar? Puros pobres. Me hubieran educado en la escuela del PRI, y hoy estaría millonario. ¡Pero qué iba a haber allá PRI! Medellín era una ciudad encerrada entre montañas, lejos del mundo y sus adelantos. Y mi mamá viendo microbios por todas partes como si fuera bacterióloga. No. Era una señora de su casa entregada a la reproducción como quiere el papa, una santa. ¡Cómo la hicimos sufrir! Muy merecido. ¡Quién la mandó a tener hijos!

De México supe por primera vez de niño, una noche de diciembre próxima a la navidad, lo recuerdo muy bien. Estábamos en el corredor delantero de Santa Anita, la finca de mis abuelos, con mis abuelos, rezando la novena del Niño Dios. Entonces éramos pocos, cinco o seis, aunque después fuimos muchos. Mis papás tenían instalada en Medellín una fábrica de niños: niños carnívoros que alimentaban con costales de salchichas, unos demonios, unas fieras, todos contra todos, mi casa era un manicomio, el pandemónium. El papa, Pío Doce, les mandó de Roma un diploma que un vecino nos compró en la Via della Conciliazione con indulgencia plenaria (que costaban más), para que se fueran los dos derechito al cielo sin pasar por el purgatorio por haber fabricado tanto niño que se les habrían de reunir todos allá a medida que el Señor los fuera llamando. ¡Qué nos iba a llamar! Nos hemos ido yendo de uno en uno a los infiernos y el que nos llamó fue Satanás.

Santa Anita estaba entre los pueblos de Envigado y Sabaneta, en la mitad de la carretera que los une, a ocho kilómetros de Medellín, lejísimos. Hagan de cuenta saliendo de la Ciudad de México camino de Tlanepantla. Teníamos que ir en carro, en el Ford de mi papá. Si no, habríamos podido ir en burro: en la burrita de la canción de Ventura Romero: “Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú. Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú”. Tarata tata tara tara tata tata tara tara tata tata tara tata tá. “¡Burra! ¡Burra! Ya vamos llegando a la Mesa de Cacaxtla. ¡Burra! Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú a mi burrita y aunque vaya enojadita porque no le di su alfalfa porque no le di su máiz”. ¡Qué raro! También en Antioquia decíamos “máiz”! Antioquia es hagan de cuenta Jalisco. El disco de la burrita lo trajeron mis papás de México esa noche. En setenta y ocho revoluciones que era los que había entonces. Una aguja gruesa iba de surco en surco tocándolos (los surcos que abrían en la tierra las yuntas de bueyes roturando los campos de Sayula hace cien años, cuando pasó por aquí mi paisano el poeta Porfirio Barba Jacob), y de tanto tocarlos uno los discos se rayaban y la aguja se atascaba en el rayón, y seguía tocando lo mismo, lo mismo, lo mismo. “Pobrecita mi burrita ya no quiere caminar, da unos pasos p’adelante, otros pasos para atrás…” El disco me sigue resonando desde entonces, atascado, en mi corazón rayado.

Venían de México por el camino de entrada de Santa Anita en dos carros, con los faros rompiendo la oscuridad. Pero en el corredor nosotros no estábamos a oscuras, no: iluminados. ¡Cómo íbamos a rezar a oscuras la novena del Niño Dios! Además en Medellín ya había luz eléctrica. Yo seré viejo pero no tanto. Yo soy posterior al radio y al avión. El que sí me tocó ver llegar fue el televisor, la caja estúpida. Estaban también encendidas esa noche las luces del pesebre, el nacimiento, donde nacía en lo alto de una montaña el Niño Dios. Lucecitas verdes, rojas, azules, amarillas, de todos los colores. Nos íbamos ya a dormir cuando llegaron. Venían cargados de juguetes. Maromeros de cuerda que daban volteretas en el aire… Jeeps con llantas de caucho, o sea de hule… Sombreros de charro para niños y para viejos… Una foto de mis papás en La Villa manejando avión. Las trescientas sesenta y cinco iglesias de Cholula. Un tren eléctrico. La Virgen de Guadalupe. Pocas veces he visto brillar tan fuerte, enceguecedora, la felicidad. Y con el disco de Ventura Romero de la burrita traían, en el álbum de las maravillas, a José Alfredo Jiménez y a Rubén Méndez: “Ella”, “Pénjamo”, y ese “Senderito” que me rompe el alma cantado por Alfredo Pineda, que fue el que amó Medellín. Y al más grande de todos, Fernando Rosas, de Jerónimo de Juárez, Estado de Guerrero, el de la “Carta a Eufemia”: “Cuando recibas esta carta sin razón, Ufemia, ya sabrás que entre nosotros todo terminó, y no la des en recibida por traición, Ufemia, te devuelvo tu palabra, te la vuelvo sin usarla, y que conste en esta carta que acabamos de un jalón”. ¡Muy bien dicho, tocayo, a la China con la méndiga! El fraseo perfecto, la dicción perfecta, y eso que mi tocayo era de Guerrero y cuando hablaba no podía pronunciar las eses. Y las trompetas burlonas detrás de él haciendo jua, jua, jua, en el registro bajo, riéndose de mí y del mundo, y detrás de ellas punteando, siguiéndolas como unos gordos cojos, los guitarrones: do, sol; do, sol; do, sol. Tónica, dominante; tónica, dominante; tónica, dominante. Sólo eso van diciendo, pero sin ellos no hay mariachi, como sin muerto no hubo fiesta.

¡Ah se me olvidaba Chava Flórez, el compositor, el genio de los genios, amigo de mi tocayo Fernando Rosas! Juntos echaron a rodar por el mundo “Peso sobre peso”, la canción más burlona: “Mira, Bartola, ái te dejo estos dos pesos. Pagas la renta, el teléfono y la luz. De lo que sobre, coges d’iái para tu gasto. Guárdame el resto pa comprarme mi alipús”. Ta ra ta ta ta tán. Ésa era la que le cantaba todavía a México el PRI cuando llegué de Nueva York hace cuarenta años. Y se la siguió cantando otros treinta, hasta ajustar setenta, cuando los tumbó mi gallo. ¡Qué noche tan inolvidable aquella cuando lo dijeron por televisión! Tan esplendorosa, o casi, como la de la finca Santa Anita de que les he hablado. Fernando Rosas murió joven, una noche, allá por 1960, en Acapulco. Lo mataron por defender a un borracho al que estaba apaleando la policía. Fernando Rosas, tocayo, paisano, te mató la policía de Acapulco, los esbirros del presidente municipal. La siniestra policía del PRI, semillero de todos los cárteles de México.

Mi gallo era un gallo con botas. No bien subió al poder y se instaló en los Pinos, se infló de vanidad y se transformó en un pavorreal, y el pavorreal en un burro, y la quimera de gallo, pavorreal y burro empezó a rebuznar, a rebuznar, a rebuznar, día y noche sin parar, hasta que ajustó seis años, cuando se le ocurrió, como a Perón con Evita o con Isabelita, que podía seguir rebuznando otros seis a través de su mujer. No se le hizo, no pudo ser. Hoy de vez en cuando rebuzna, pero poco, y lo critican. ¡Por qué! Déjenlo que rebuzne, que se exprese, que él también tiene derecho. Yo soy defensor de los animales. Yo quiero a los burros, a los pavorreales, a los perros, a los gallos. Cuando estoy cerca de ellos se me calma unos instantes el caos de adentro y creo sentir lo que llaman la paz del alma.

Yo venía pues de Nueva York, una ciudad de nadie, un hormiguero promiscuo que nunca quise, y de un país que tampoco, plano, soso, lleno de gringos ventajosos y sin música. Los anglosajones no nacieron para la música: se enmarihuanan y con una guitarra eléctrica y un bombo hacen ruido. Mi primera noche en México, en la plaza Garibaldi, ¡cómo la voy a olvidar! Cien mariachis tocando cada cual por su lado en un caos hermoso. Todo lo que tocaban me lo sabía. Y más. Yo sabía de boleros y rancheras lo que nadie. Entré al Tenampa. ¿La hora? Diez de la noche. Me sentía como un curita de pueblo tercermundista entrando al Vaticano por primera vez, y que se arrodilla para comulgar. Yo también comulgué, pero con tequila. Desde un mural de una pared enmarcado por unos tubos fluorescentes de colores me miraba José Alfredo, y en la noche del Tenampa brillaba el sol de México. “¿Qué más va a tomar, joven?”, me preguntó el mesero. “Otro”. Entonces sí estaba joven, pero hoy me siguen preguntando igual: “¿Qué va a tomar joven?” ¡Cómo no va a ser maravilloso un país donde la gente ve tan bien!

Y el amanecer, mi primer amanecer, ¡qué amanecer! Había llegado a un hotelito viejo, pobre, del centro, de altos techos, fresco, de otros tiempos, el más hermoso en que haya estado. Me despertaron las campanas y los gallos. ¿Tañido de campanas? ¿Canto de gallos? ¡Claro, los gallos de las azoteas y las campanas de las iglesias, y el sol entrando por mi ventana! ¡Y yo que venía del invierno de Nueva York donde amanecía a las diez y oscurecía a las cuatro y se me achicaba el alma! Salí a la calle, al rumor envolvente de la calle. México vivo, el del pasado más profundo, el eterno, el mío, el que se ha detenido en mi recuerdo, el de siempre, el que no cambia, el que no pasa, el de ayer. “¿En qué estás pensando, México? ¿A quién quieres para quererlo? ¿A quién odias para odiarlo?” Inescrutable. Ni una palabra. Jamás me contestó. Entonces aprendí a callar. Y han pasado cuarenta años desde esa noche en el Tenampa y ese amanecer en ese hotelito de la calle de Isabel la Católica y esa mañana soleada, y me fui quedando, quedando, quedando, y aquí he escrito todos mis libros y hoy me piden que hable, pero como México calla, yo tampoco pienso hablar. Sólo para decirles que me siguen resonando en el alma unas canciones.

Yo digo que la muerte no es tan terrible como se cree. Ha de ser como un sueño sin sueños, del cual simplemente no despertamos. Yo no la pienso llamar. Pero cuando llegue y llame a mi puerta, con gusto le abro.

Nadie tiene la obligación de hacer el bien, todos tenemos la obligación de no hacer el mal. Y diez mandamientos son muchos, con tres basta:

Uno, no te reproduzcas que no tienes derecho, nadie te lo dio; no le hagas a otro el mal que te hicieron a ti sacándote de la paz de la nada, a la que tarde que temprano tendrás que volver, comido por los gusanos o las llamas.

Dos, respeta a los animales que tengan un sistema nervioso complejo, como las vacas y los cerdos, por el cual sienten el hambre, el dolor, la sed, el miedo, el terror cuando los acuchillan en los mataderos, como lo sentirías tú, y que por lo tanto son tu prójimo. Quítate la venda moral que te pusieron en los ojos desde niño y que hoy te impide percibir su tragedia y su dolor. Si Cristo no los vio, si no tuvo ni una palabra de amor por ellos, ni una sola (y búscala en los evangelios a ver si está), despreocúpate de Cristo, que ni siquiera existió. Es un burdo mito. Nadie puede probar su existencia histórica, real. Tal vez aquí el cardenal Sandoval Íñiguez…

Y tres, no votes. No te dejes engañar por los bribones de la democracia, y recuerda siempre que: que no hay servidores públicos sino aprovechadores públicos. Escoger al malo para evitar al peor es inmoral. No alcahuetees a ninguno de estos sinvergüenzas con tu voto. Que el que llegue llegue respaldado por el viento y por el voto de su madre. Y si por la falta de tu voto, porque el día de las elecciones no saliste a votar un tirano se apodera de tu país, ¡mátalo!

A Jorge Volpi le agradezco el dictamen tan generoso que ha leído, y a Juan Cruz sus adjetivos. Querido Juan: ya sé que si hubieras tenido más tiempo me habrías puesto más, siquiera unos quinientos. No importa. Con los que me alcanzaste a dar me conformo.

Algunos amigos vinieron desde muy lejos a Guadalajara a acompañarme. Me siento muy contento de estar hoy con ustedes en esta Feria tan hermosa, que pronto se llenará de niños y de jóvenes, y de haber vuelto a Jalisco, la tierra de Rulfo, donde los muertos hablan.

Como este acto se encamina a su final y ya queda poco tiempo, les diré brevemente que me siento muy honrado por el premio que me dan; que no pienso que lo merezca; que este diploma lo guardaré en mi casa con orgullo; y que los ciento cincuenta mil dólares que lo acompañan se los doy, por partes iguales, a dos asociaciones caritativas de México: los “Amigos de los Animales”, de la señora Martha Alarcón de la ciudad de Jalapa; y los “Animales Desamparados”, de la señora Patricia Rico de la ciudad de México. En mi encuentro del lunes con los jóvenes universitarios que tendrá lugar en esta misma sala, se los entregaré a las señoras.

Habría preferido que esos dólares se los hubiera dado la FIL directamente a ellas sin pasar por mí, porque cuando tomo dinero me tengo que lavar las manos, pero no pudo ser por razones burocráticas. Eso de la lavada de las manos es una manía que me viene de la infancia, de la educación familiar. Cada que cogíamos una moneda, mi mamá nos decía: “Vaya lávese las manos m’hijo, que tocó plata”. (Allá a los niños les hablan de “usted”.) De unos niños educados así, ¿qué se podía esperar? Puros pobres. Me hubieran educado en la escuela del PRI, y hoy estaría millonario. ¡Pero qué iba a haber allá PRI! Medellín era una ciudad encerrada entre montañas, lejos del mundo y sus adelantos. Y mi mamá viendo microbios por todas partes como si fuera bacterióloga. No. Era una señora de su casa entregada a la reproducción como quiere el papa, una santa. ¡Cómo la hicimos sufrir! Muy merecido. ¡Quién la mandó a tener hijos!

De México supe por primera vez de niño, una noche de diciembre próxima a la navidad, lo recuerdo muy bien. Estábamos en el corredor delantero de Santa Anita, la finca de mis abuelos, con mis abuelos, rezando la novena del Niño Dios. Entonces éramos pocos, cinco o seis, aunque después fuimos muchos. Mis papás tenían instalada en Medellín una fábrica de niños: niños carnívoros que alimentaban con costales de salchichas, unos demonios, unas fieras, todos contra todos, mi casa era un manicomio, el pandemónium. El papa, Pío Doce, les mandó de Roma un diploma que un vecino nos compró en la Via della Conciliazione con indulgencia plenaria (que costaban más), para que se fueran los dos derechito al cielo sin pasar por el purgatorio por haber fabricado tanto niño que se les habrían de reunir todos allá a medida que el Señor los fuera llamando. ¡Qué nos iba a llamar! Nos hemos ido yendo de uno en uno a los infiernos y el que nos llamó fue Satanás.

Santa Anita estaba entre los pueblos de Envigado y Sabaneta, en la mitad de la carretera que los une, a ocho kilómetros de Medellín, lejísimos. Hagan de cuenta saliendo de la Ciudad de México camino de Tlanepantla. Teníamos que ir en carro, en el Ford de mi papá. Si no, habríamos podido ir en burro: en la burrita de la canción de Ventura Romero: “Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú. Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú”. Tarata tata tara tara tata tata tara tara tata tata tara tata tá. “¡Burra! ¡Burra! Ya vamos llegando a la Mesa de Cacaxtla. ¡Burra! Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú a mi burrita y aunque vaya enojadita porque no le di su alfalfa porque no le di su máiz”. ¡Qué raro! También en Antioquia decíamos “máiz”! Antioquia es hagan de cuenta Jalisco. El disco de la burrita lo trajeron mis papás de México esa noche. En setenta y ocho revoluciones que era los que había entonces. Una aguja gruesa iba de surco en surco tocándolos (los surcos que abrían en la tierra las yuntas de bueyes roturando los campos de Sayula hace cien años, cuando pasó por aquí mi paisano el poeta Porfirio Barba Jacob), y de tanto tocarlos uno los discos se rayaban y la aguja se atascaba en el rayón, y seguía tocando lo mismo, lo mismo, lo mismo. “Pobrecita mi burrita ya no quiere caminar, da unos pasos p’adelante, otros pasos para atrás…” El disco me sigue resonando desde entonces, atascado, en mi corazón rayado.

Venían de México por el camino de entrada de Santa Anita en dos carros, con los faros rompiendo la oscuridad. Pero en el corredor nosotros no estábamos a oscuras, no: iluminados. ¡Cómo íbamos a rezar a oscuras la novena del Niño Dios! Además en Medellín ya había luz eléctrica. Yo seré viejo pero no tanto. Yo soy posterior al radio y al avión. El que sí me tocó ver llegar fue el televisor, la caja estúpida. Estaban también encendidas esa noche las luces del pesebre, el nacimiento, donde nacía en lo alto de una montaña el Niño Dios. Lucecitas verdes, rojas, azules, amarillas, de todos los colores. Nos íbamos ya a dormir cuando llegaron. Venían cargados de juguetes. Maromeros de cuerda que daban volteretas en el aire… Jeeps con llantas de caucho, o sea de hule… Sombreros de charro para niños y para viejos… Una foto de mis papás en La Villa manejando avión. Las trescientas sesenta y cinco iglesias de Cholula. Un tren eléctrico. La Virgen de Guadalupe. Pocas veces he visto brillar tan fuerte, enceguecedora, la felicidad. Y con el disco de Ventura Romero de la burrita traían, en el álbum de las maravillas, a José Alfredo Jiménez y a Rubén Méndez: “Ella”, “Pénjamo”, y ese “Senderito” que me rompe el alma cantado por Alfredo Pineda, que fue el que amó Medellín. Y al más grande de todos, Fernando Rosas, de Jerónimo de Juárez, Estado de Guerrero, el de la “Carta a Eufemia”: “Cuando recibas esta carta sin razón, Ufemia, ya sabrás que entre nosotros todo terminó, y no la des en recibida por traición, Ufemia, te devuelvo tu palabra, te la vuelvo sin usarla, y que conste en esta carta que acabamos de un jalón”. ¡Muy bien dicho, tocayo, a la China con la méndiga! El fraseo perfecto, la dicción perfecta, y eso que mi tocayo era de Guerrero y cuando hablaba no podía pronunciar las eses. Y las trompetas burlonas detrás de él haciendo jua, jua, jua, en el registro bajo, riéndose de mí y del mundo, y detrás de ellas punteando, siguiéndolas como unos gordos cojos, los guitarrones: do, sol; do, sol; do, sol. Tónica, dominante; tónica, dominante; tónica, dominante. Sólo eso van diciendo, pero sin ellos no hay mariachi, como sin muerto no hubo fiesta.

¡Ah se me olvidaba Chava Flórez, el compositor, el genio de los genios, amigo de mi tocayo Fernando Rosas! Juntos echaron a rodar por el mundo “Peso sobre peso”, la canción más burlona: “Mira, Bartola, ái te dejo estos dos pesos. Pagas la renta, el teléfono y la luz. De lo que sobre, coges d’iái para tu gasto. Guárdame el resto pa comprarme mi alipús”. Ta ra ta ta ta tán. Ésa era la que le cantaba todavía a México el PRI cuando llegué de Nueva York hace cuarenta años. Y se la siguió cantando otros treinta, hasta ajustar setenta, cuando los tumbó mi gallo. ¡Qué noche tan inolvidable aquella cuando lo dijeron por televisión! Tan esplendorosa, o casi, como la de la finca Santa Anita de que les he hablado. Fernando Rosas murió joven, una noche, allá por 1960, en Acapulco. Lo mataron por defender a un borracho al que estaba apaleando la policía. Fernando Rosas, tocayo, paisano, te mató la policía de Acapulco, los esbirros del presidente municipal. La siniestra policía del PRI, semillero de todos los cárteles de México.

Mi gallo era un gallo con botas. No bien subió al poder y se instaló en los Pinos, se infló de vanidad y se transformó en un pavorreal, y el pavorreal en un burro, y la quimera de gallo, pavorreal y burro empezó a rebuznar, a rebuznar, a rebuznar, día y noche sin parar, hasta que ajustó seis años, cuando se le ocurrió, como a Perón con Evita o con Isabelita, que podía seguir rebuznando otros seis a través de su mujer. No se le hizo, no pudo ser. Hoy de vez en cuando rebuzna, pero poco, y lo critican. ¡Por qué! Déjenlo que rebuzne, que se exprese, que él también tiene derecho. Yo soy defensor de los animales. Yo quiero a los burros, a los pavorreales, a los perros, a los gallos. Cuando estoy cerca de ellos se me calma unos instantes el caos de adentro y creo sentir lo que llaman la paz del alma.

Yo venía pues de Nueva York, una ciudad de nadie, un hormiguero promiscuo que nunca quise, y de un país que tampoco, plano, soso, lleno de gringos ventajosos y sin música. Los anglosajones no nacieron para la música: se enmarihuanan y con una guitarra eléctrica y un bombo hacen ruido. Mi primera noche en México, en la plaza Garibaldi, ¡cómo la voy a olvidar! Cien mariachis tocando cada cual por su lado en un caos hermoso. Todo lo que tocaban me lo sabía. Y más. Yo sabía de boleros y rancheras lo que nadie. Entré al Tenampa. ¿La hora? Diez de la noche. Me sentía como un curita de pueblo tercermundista entrando al Vaticano por primera vez, y que se arrodilla para comulgar. Yo también comulgué, pero con tequila. Desde un mural de una pared enmarcado por unos tubos fluorescentes de colores me miraba José Alfredo, y en la noche del Tenampa brillaba el sol de México. “¿Qué más va a tomar, joven?”, me preguntó el mesero. “Otro”. Entonces sí estaba joven, pero hoy me siguen preguntando igual: “¿Qué va a tomar joven?” ¡Cómo no va a ser maravilloso un país donde la gente ve tan bien!

Y el amanecer, mi primer amanecer, ¡qué amanecer! Había llegado a un hotelito viejo, pobre, del centro, de altos techos, fresco, de otros tiempos, el más hermoso en que haya estado. Me despertaron las campanas y los gallos. ¿Tañido de campanas? ¿Canto de gallos? ¡Claro, los gallos de las azoteas y las campanas de las iglesias, y el sol entrando por mi ventana! ¡Y yo que venía del invierno de Nueva York donde amanecía a las diez y oscurecía a las cuatro y se me achicaba el alma! Salí a la calle, al rumor envolvente de la calle. México vivo, el del pasado más profundo, el eterno, el mío, el que se ha detenido en mi recuerdo, el de siempre, el que no cambia, el que no pasa, el de ayer. “¿En qué estás pensando, México? ¿A quién quieres para quererlo? ¿A quién odias para odiarlo?” Inescrutable. Ni una palabra. Jamás me contestó. Entonces aprendí a callar. Y han pasado cuarenta años desde esa noche en el Tenampa y ese amanecer en ese hotelito de la calle de Isabel la Católica y esa mañana soleada, y me fui quedando, quedando, quedando, y aquí he escrito todos mis libros y hoy me piden que hable, pero como México calla, yo tampoco pienso hablar. Sólo para decirles que me siguen resonando en el alma unas canciones.

Yo digo que la muerte no es tan terrible como se cree. Ha de ser como un sueño sin sueños, del cual simplemente no despertamos. Yo no la pienso llamar. Pero cuando llegue y llame a mi puerta, con gusto le abro.

Nadie tiene la obligación de hacer el bien, todos tenemos la obligación de no hacer el mal. Y diez mandamientos son muchos, con tres basta:

Uno, no te reproduzcas que no tienes derecho, nadie te lo dio; no le hagas a otro el mal que te hicieron a ti sacándote de la paz de la nada, a la que tarde que temprano tendrás que volver, comido por los gusanos o las llamas.

Dos, respeta a los animales que tengan un sistema nervioso complejo, como las vacas y los cerdos, por el cual sienten el hambre, el dolor, la sed, el miedo, el terror cuando los acuchillan en los mataderos, como lo sentirías tú, y que por lo tanto son tu prójimo. Quítate la venda moral que te pusieron en los ojos desde niño y que hoy te impide percibir su tragedia y su dolor. Si Cristo no los vio, si no tuvo ni una palabra de amor por ellos, ni una sola (y búscala en los evangelios a ver si está), despreocúpate de Cristo, que ni siquiera existió. Es un burdo mito. Nadie puede probar su existencia histórica, real. Tal vez aquí el cardenal Sandoval Íñiguez…

Y tres, no votes. No te dejes engañar por los bribones de la democracia, y recuerda siempre que: que no hay servidores públicos sino aprovechadores públicos. Escoger al malo para evitar al peor es inmoral. No alcahuetees a ninguno de estos sinvergüenzas con tu voto. Que el que llegue llegue respaldado por el viento y por el voto de su madre. Y si por la falta de tu voto, porque el día de las elecciones no saliste a votar un tirano se apodera de tu país, ¡mátalo!

A Jorge Volpi le agradezco el dictamen tan generoso que ha leído, y a Juan Cruz sus adjetivos. Querido Juan: ya sé que si hubieras tenido más tiempo me habrías puesto más, siquiera unos quinientos. No importa. Con los que me alcanzaste a dar me conformo.

Algunos amigos vinieron desde muy lejos a Guadalajara a acompañarme. Me siento muy contento de estar hoy con ustedes en esta Feria tan hermosa, que pronto se llenará de niños y de jóvenes, y de haber vuelto a Jalisco, la tierra de Rulfo, donde los muertos hablan.

Guillermo Fadanelli

Guillermo Fadanelli es escritor y nació en la Ciudad de México (sus datos biográficos contemplan distintas fechas de nacimiento que van de 1959 hasta 1965 aunque la real, 1960, no es la que más se repite). 14 de noviembre de 1960.1 2 Fundador de la revista Moho3 en 1988 (que él mismo define más como un punto de reunión que como un vehículo de difusión de ideas4 ) […]

Guillermo Fadanelli es escritor y nació en la Ciudad de México (sus datos biográficos contemplan distintas fechas de nacimiento que van de 1959 hasta 1965 aunque la real, 1960, no es la que más se repite). 14 de noviembre de 1960.1 2 Fundador de la revista Moho3 en 1988 (que él mismo define más como un punto de reunión que como un vehículo de difusión de ideas4 ) y de la Editorial Moho5 en 1995. Colaborador e impulsor de varios proyectos de literatura y de arte subterráneo.

Anatomía de la memoria

Eduardo Ruiz Sosa

Anatomía de la memoria

 

Candaya Narrativa 27

ISBN 978-84-15934-05-9

576 págs.; 21 x 14 cm / PVP 21€

Una novela sobre la necesidad de la rebelión y la memoria, en un mundo enfermo de violencia, desolación y olvido.

  Comprar

A principios de la década de los setenta, en el norte de México, un grupo de estudiantes conocido como Los Enfermos inició un

Eduardo Ruiz Sosa

Anatomía de la memoria

 

Candaya Narrativa 27

ISBN 978-84-15934-05-9

576 págs.; 21 x 14 cm / PVP 21€

Una novela sobre la necesidad de la rebelión y la memoria, en un mundo enfermo de violencia, desolación y olvido.

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A principios de la década de los setenta, en el norte de México, un grupo de estudiantes conocido como Los Enfermos inició un

Stephen King

http://fox13now.com/2012/03/01/burglary-suspect-shot-by-homeowner-in-springville/ http://sittingduckpolicy.com/2012/utah-husbandfather-shoots-and-kills-home-invader-with-9mm-handgun/ -When was the first time I noticed the perfume? Oh yes. I was sitting on the library. She leaned over his right shoulder so he could see her breasts and feel the warmth of her body. The bubble gum smell envolved him. When he entered the foyer something startled him and his heartbeat […]

Springville Police release name of home burglary suspect that was shot, killed

http://sittingduckpolicy.com/2012/utah-husbandfather-shoots-and-kills-home-invader-with-9mm-handgun/


When was the first time I noticed the perfume? Oh yes. I was sitting on the library.

She leaned over his right shoulder so he could see her breasts and feel the warmth of her body. The bubble gum smell envolved him.

When he entered the foyer something startled him and his heartbeat raced for a moment. He stopped and looked carefully around but could not pin point what was the reason of his anxiety. He went to the kitchen and put water to boil in a kettle to make some tea and relax. Steve turned on the TV. He tried to avoid the dumb box, he knew himself to be an addict but he wanted some noise and activity so the house will not feel so empty. He tuned CNN to check the news and the weather. They were showing a perfume commercial and suddenly realized what was been bothering him since he entered the foyer: The bubble gum smell! A chill run through his spine and his whole body tensed.

– Michele was in the house! No, please. What? From where was the smell coming from?

He sniffed and he seemed to perceive a hint of the smell but started to question whether the smell was really there or a memory, a ghost from the past.

-When was the first time I noticed the perfume? Oh yes. I was sitting on the library.

She leaned over his right shoulder so he could see her breasts and feel the warmth of her body. The bubble gum smell involved him. She asked him about the Shell Sort program, basically to write the program for her. At first his mind was busy flashing images of a foggy bedroom and his hand feeling smooth and firm skin, surprisingly hot, but after some initial stuttering and incoherency he got into the program and he was lost in another world, this one serene. But getting the code was not enough for Michele. She got Steve to write the actual report and make the test runs for her. After that, Steve was doing Michele schoolwork full time to the point that he was flunking the Complier class that required the time he was spending being abused.

Steve remembered how, even though he did not smoke at all, he finish a cigarette to calm down and call Michele for a date. How, to his surprise, he actually felt more at ease after the cigarette and muster enough courage to make the call. How, yet again to his surprise, Michele accepted right away. He went to pick her up on the Golf, the Wolfsburg edition, with the wide headlamps.

– What a beautiful car!

She said at first, but when she got inside she remarked: oh! It’s a rabbit!

He took her to a movie theater, couldn’t remember the name or the movie, where you could drink beer and eat while watching the show. Michele drank two pitchers all by herself. When he took her back to the house where she lived by herself Steve went where he had never gone before. As smooth as things went, he couldn’t get another date with Michele and he could see her around with the good looking guys. She would actually come and visit him and confide how her boyfriends treat her like shit. Steve resigned himself to be Michele best girlfriend and went on.

When Steve was graduating, he got a job in San Antonio with General Dynamics for 60K and the future looked very bright for him. The night before he was leaving, Michele came crying and drunk and told him that she loved him and wanted to get married. Next thing he knew, she was fucking him hard.

Steve agreed to marry more out of distaste of nasty violent arguments than of real conviction but once he accepted he was committed to make the marriage work.

– Hey, Steve!

Steve jumped in his seat but did not turn. Maybe he was hallucinating but did not want to confirm it.

– Hey, Steve!

Steve turned slowly and there she was.

– What are YOU doing here?
– What do mean what I am doing here? I live here.
– You live here? What?
– Stevy, Stevy…
– How’s Nell?
– What are you doing here?
– Stevy… I live here
– Craig Forbes told me to spend the afternoon here. He said it is house and that nobody would be here. That he wanted me to check that things were alright.
– He doesn’t know I’m here. I wanted to surprise him. But, now here you are! I love you, Stevy!
– What do you want? You were the one that left.
– That was just an adventure Stevy, but I love you and I want to have Nell back.
– What for? You never spend any time with her. You lost your rights when you left.

The house was empty. That was no unusual but he had an uneasy feeling. He took Nell to her bedroom. He went to the kitchen and put water to boil in a kettle to make some tea and relax. He noticed a piece of paper on the kitchen table with a cleaver knife on top as a paperweight:

Stevy:
I love you dear, but a woman has needs and life with you is so dull.
Tell Nell that mommy is on a trip but will be back soon

Steve reported Michele missing to authorities. It turned out she was safe and sound with Extreme guitarist Neal Dickson in Tennessee, where the band has a gig. Steve felt humiliated, especially when Dickson send him a photo of genitalia presumed to belong to the guitarist. He cited adultery and abandonment as the reason for the divorce.

Once he made the decision to divorce, he felt pretty good actually and right away. Immediately actually. He felt calm and at peace. He did fell the sting of the humiliation and the failing of the marriage, but he was actually happy to get rid of Michele and the bad influence that she was for Nell. So when Michele came back it was his worst nightmare come true.

When he entered the foyer something startled him and his heartbeat raced for a moment. He stopped and looked carefully around but could not pin point what was the reason of his anxiety. He took Nell to her bedroom. He went to the kitchen and put water to boil in a kettle to make some tea and relax. Steve turned on the TV. He tried to avoid the dumb box, he knew himself to be an addict but he wanted some noise and activity so the house will not feel so empty. He tuned CNN to check the news and the weather. They were showing a perfume commercial and suddenly realized what was been bothering him since he entered the foyer: The bubble gum smell! A chill run through his spine and his whole body tensed.

– Michele was in the house! No, please. What? From where was the smell coming from?

He sniffed and he seemed to perceive a hint of the smell but started to question whether the smell was really there or a memory, a ghost from the past.

-When was the first time I noticed the perfume? Oh yes. I was sitting on the library.
– Hey, Steve!

Steve jumped in his seat and burn himself with the hot tea but did not even noticed.

– Hey, Steve!

Steve turned slowly and there she was

– What are you doing HERE?
– What do mean what I am doing here? I live here.
– You live here? What?
– Stevy, Stevy…
– How’s Nell?
– What are you doing here?
– Stevy… I live here

Many people suggested he changed the door blots but he didn’t really think that Michele was ever to come back and although he thought about it, he let it pass and forgot the issue completely. Michele was the nagging wife type and would flare burst of uncalled bad temper but Steve had never discussed or even had an argument with her before and this was new ground for him.

– You do NOT live here anymore! You left!
– That was just an adventure Stevy, but I love you and I want to have Nell back.
– What for? You are a bad influence for her.

Michele tilted her head to the right and drove her fingers thru her hear. With a provocative smile she came close to Steve. Steve took at step back and she kicked him in the shin. He bent to touch the sore knee and she pulled him from the hair hard toward the ground. He was not expecting it, lost his balance, and hit the floor full force with the face. He saw a bright flash, and then a dark fog filled the room. When he fog lifted, Michele was gone.

Steve walked toward the main door and Michele grabs his left arm. He jerked the arm from her and in a continuous motion he hit her right below the nose. She took a step back, flipped, and felt to the floor face down.

– Shit! She gone sue me! She gonna take Nell

He felt the fear and the rage warming his body and take over his mind. He took a deep breath. He felt like he was out of his body, watching himself from the outside and wandering what he was going to do. He watched himself go to the kitchen, and look for something. Inside the fridge he took a plastic bag with vegetables, empty the bag, and went back to the living room.

– No, Steve, don’t!

He put the bag on Michele’s head and sat on top of her holding and closing the bag at her neck. She regained consciousness when she started to suffocate and struggled some but after awhile she became still. Steve’s body joined him in the couch and stayed there.

 

Sueños

Sueños (artículo en la Megapedia)

GUSTAVO MACEDO PÉREZ 1 ABRIL 2014 

Artículo consultado en la Megapedia el 8 de julio de 2042.

Sueños (artículo en la Megapedia)

GUSTAVO MACEDO PÉREZ 1 ABRIL 2014 

Artículo consultado en la Megapedia el 8 de julio de 2042.

cuentos

Yo no sé muchas cosas, es verdad

digo tan solo lo que he visto

y he visto que la cuna del hombre la mecen con cuentos

que el llanto del hombre , lo taponan con cuentos

Que los huesos del hombre , los entierran con cuentos.

Y que el miedo del hombre , ha inventado todos los cuentos.

Yo sé muy pocas cosas es verdad

pero he dormido con todos los cuentos

Y sé todos los

Yo no sé muchas cosas, es verdad

digo tan solo lo que he visto

y he visto que la cuna del hombre la mecen con cuentos

que el llanto del hombre , lo taponan con cuentos

Que los huesos del hombre , los entierran con cuentos.

Y que el miedo del hombre , ha inventado todos los cuentos.

Yo sé muy pocas cosas es verdad

pero he dormido con todos los cuentos

Y sé todos los