Discurso completo del papa Francisco en Naciones Unidas

2015-09-25

Discurso completo del papa Francisco en Naciones Unidas
Durante su mensaje ante la Asamblea General de la ONU, el Pontífice defendió el medio ambiente, la vida y el acuerdo nuclear.

2015-09-25

Discurso completo del papa Francisco en Naciones Unidas
Durante su mensaje ante la Asamblea General de la ONU, el Pontífice defendió el medio ambiente, la vida y el acuerdo nuclear.

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la cohesión social de México

ser un estudiante tsotsil

Xun Betan

En una red social habían posteado una nota de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Me sorprendió leer de la celebración de los supuestos cincuenta años de educación indígena en México. La noticia me llevó a mis años de estudiante desde la primaria hasta la universidad, para encontrar dónde estaba reflejada esa llamada educación indígena.

En un párrafo dice: “De 1964 a 2014 se ha trabajado en la atención educativa especializada a la diversidad social, lingüística y cultural en aras de contribuir a la cohesión social de México y del mundo plural del siglo XXI, a través del enfoque de pertinencia e inclusión educativa a los grupos vulnerables”. Vinieron a mi mente varias preguntas: ¿Qué entienden por atención especializada? ¿Por diversidad cultural, lingüística, pertinencia e inclusión? ¿Cómo personas ajenas a nuestro contexto cultural promueven planes y programas de estudio? ¿Cómo desde las actuales reformas para privatizar la educación se puede tomar en cuenta la diversidad?

No soy experto, sólo puedo reflexionar sobre mi experiencia. Creo que refleja la de miles de personas que nacieron en este país y pertenecen a algún grupo indígena. Quizás sabrán más que yo de todo este proceso de integración y discriminación por el modelo educativo. Nací y crecí en una comunidad indígena. Cuando tuve edad para el jardín de niños fui dos o tres veces en tres años, únicamente para pedir los dulces que repartían los maestros el Día del Niño. Me daba miedo ir porque yo no entendía nada el castellano y ninguna de las maestras hablaba una sola palabra de tsotsil.

Cuando entré a primaria, me tocó una profesora que venía de otro estado. Se molestaba porque no entendíamos lo que decía. No pasé. Repetí porque según el modelo educativo yo no sabía nada, aunque a esa edad ya sabía sembrar en la milpa, cosechaba el frijol, la calabaza y pizcaba el maíz, reconocía las plantas medicinales y la variedad de flores comestibles, y había aprendido a contar los costales y las frutas que recolectaba. Sabía otras cosas más desde mi lengua, pero de acuerdo al modelo educativo yo era un tonto que no sabía nada.

En segundo se repitió la historia, me tocó otro profesor que no sabía mi lengua. Me regañaba, me golpeaba y a veces me corría del salón. También lo hizo con otros. Según él, los niños deberíamos aprender castellano y dejar nuestra “mentalidad de indios”, porque solo así nos podríamos desarrollar, salir de la miseria y el atraso. Al siguiente año tuve que trasladarme a la cabecera municipal. En ese lugar las cosas empeoraron. Me volvieron a tocar maestros que me humillaban por ser indígena, ser pobre y no hablar bien castellano. Ya no eran sólo los maestros, ahora también los niños de la escuela. Esta situación de rechazo y exclusión me llevó a cuestionar mi identidad. Quise dejar de ser indio, dejando de hablar mi lengua y de usar mi traje para ser aceptado. Pero no tuve suerte. En esa escuela habían otros niños que hicieron lo mismo, poco a poco dejaron de hablar la lengua.

En secundaria nuevamente encontré maestros racistas. En aquella secundaria técnica había otros estudiantes indígenas que entre ellos ya no hablaban la lengua. Algunos actuaban como mestizos y se alejaban de mí. Al ver estas actitudes comencé a tomar valor, a tener más cariño y amor por mi lengua y mi cultura. Gracias al consejo de mis abuelos, me quise mucho. También me ayudó a valorar el campo y la milpa. Decía mi abuelo que allí estaba el verdadero conocimiento y el aprendizaje porque de allí sacábamos la comida y vivíamos. El mensaje de mis abuelos me dio más fuerzas para enfrentarme a los profesores, quienes me recriminaban por hablar en mi lengua. Uno me amenazó con expulsarme. Me defendí como pude.

El modelo adoptado por la sep enaltece al indio “estudiado”, y celebra como un logro que después del proceso de castellanización algunos hayan conservado su lengua y todavía usen su traje. Al ir un poco más al fondo nos damos cuenta de que son personas que han quedado con un hueco en la cabeza, ya no pueden reflexionar, pensar ni ver lo más profundo de su ser como indígenas y terminan actuando como enseña el modelo educativo, que nos degrada y trata de secar nuestras raíces. Muchos indios “estudiados” son exhibidos en actos políticos, o les dan un puesto para llenar requisitos, y con eso dicen luchar contra la desigualdad. Se sigue el mismo principio de los programas de asistencia: que con una despensa para mal nutrir a los niños o una miseria de beca están haciendo una caridad a partir de la injusticia que se ha vivido por siglos de olvido y desprecio.

En la universidad las cosas no cambiaron. Quise estudiar Arqueología, pero en Chiapas en ese momento no existía la carrera. Sí Antropología Social, y traté de sacar ficha. Como era vía electrónica, no me aceptaba elegir esa carrera por mi perfil de la prepa. Tuve que sacar ficha para Economía. Pasé dos semestres en una carrera que no quería. Ya en Antropología, entendí que la lucha no era con los profesores. En el fondo estaba un sistema social y económico neoliberal que no sólo trataba de eliminar mi cultura y mi identidad, sino que me obligaba a estudiar una carrera técnica para ilusionarme con un trabajo al final de mi estudio. Trataban de enfilarme a una mentalidad economicista y técnica al servicio del sistema mercantil que explota, destruye y mata a las personas y a la Madre Tierra. En ese momento entendí más sobre la educación y sus objetivos. Pero lo único que yo quería era aprender, conocer y volar.

ser un estudiante tsotsil

Xun Betan

En una red social habían posteado una nota de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Me sorprendió leer de la celebración de los supuestos cincuenta años de educación indígena en México. La noticia me llevó a mis años de estudiante desde la primaria hasta la universidad, para encontrar dónde estaba reflejada esa llamada educación indígena.

En un párrafo dice: “De 1964 a 2014 se ha trabajado en la atención educativa especializada a la diversidad social, lingüística y cultural en aras de contribuir a la cohesión social de México y del mundo plural del siglo XXI, a través del enfoque de pertinencia e inclusión educativa a los grupos vulnerables”. Vinieron a mi mente varias preguntas: ¿Qué entienden por atención especializada? ¿Por diversidad cultural, lingüística, pertinencia e inclusión? ¿Cómo personas ajenas a nuestro contexto cultural promueven planes y programas de estudio? ¿Cómo desde las actuales reformas para privatizar la educación se puede tomar en cuenta la diversidad?

No soy experto, sólo puedo reflexionar sobre mi experiencia. Creo que refleja la de miles de personas que nacieron en este país y pertenecen a algún grupo indígena. Quizás sabrán más que yo de todo este proceso de integración y discriminación por el modelo educativo. Nací y crecí en una comunidad indígena. Cuando tuve edad para el jardín de niños fui dos o tres veces en tres años, únicamente para pedir los dulces que repartían los maestros el Día del Niño. Me daba miedo ir porque yo no entendía nada el castellano y ninguna de las maestras hablaba una sola palabra de tsotsil.

Cuando entré a primaria, me tocó una profesora que venía de otro estado. Se molestaba porque no entendíamos lo que decía. No pasé. Repetí porque según el modelo educativo yo no sabía nada, aunque a esa edad ya sabía sembrar en la milpa, cosechaba el frijol, la calabaza y pizcaba el maíz, reconocía las plantas medicinales y la variedad de flores comestibles, y había aprendido a contar los costales y las frutas que recolectaba. Sabía otras cosas más desde mi lengua, pero de acuerdo al modelo educativo yo era un tonto que no sabía nada.

En segundo se repitió la historia, me tocó otro profesor que no sabía mi lengua. Me regañaba, me golpeaba y a veces me corría del salón. También lo hizo con otros. Según él, los niños deberíamos aprender castellano y dejar nuestra “mentalidad de indios”, porque solo así nos podríamos desarrollar, salir de la miseria y el atraso. Al siguiente año tuve que trasladarme a la cabecera municipal. En ese lugar las cosas empeoraron. Me volvieron a tocar maestros que me humillaban por ser indígena, ser pobre y no hablar bien castellano. Ya no eran sólo los maestros, ahora también los niños de la escuela. Esta situación de rechazo y exclusión me llevó a cuestionar mi identidad. Quise dejar de ser indio, dejando de hablar mi lengua y de usar mi traje para ser aceptado. Pero no tuve suerte. En esa escuela habían otros niños que hicieron lo mismo, poco a poco dejaron de hablar la lengua.

En secundaria nuevamente encontré maestros racistas. En aquella secundaria técnica había otros estudiantes indígenas que entre ellos ya no hablaban la lengua. Algunos actuaban como mestizos y se alejaban de mí. Al ver estas actitudes comencé a tomar valor, a tener más cariño y amor por mi lengua y mi cultura. Gracias al consejo de mis abuelos, me quise mucho. También me ayudó a valorar el campo y la milpa. Decía mi abuelo que allí estaba el verdadero conocimiento y el aprendizaje porque de allí sacábamos la comida y vivíamos. El mensaje de mis abuelos me dio más fuerzas para enfrentarme a los profesores, quienes me recriminaban por hablar en mi lengua. Uno me amenazó con expulsarme. Me defendí como pude.

El modelo adoptado por la sep enaltece al indio “estudiado”, y celebra como un logro que después del proceso de castellanización algunos hayan conservado su lengua y todavía usen su traje. Al ir un poco más al fondo nos damos cuenta de que son personas que han quedado con un hueco en la cabeza, ya no pueden reflexionar, pensar ni ver lo más profundo de su ser como indígenas y terminan actuando como enseña el modelo educativo, que nos degrada y trata de secar nuestras raíces. Muchos indios “estudiados” son exhibidos en actos políticos, o les dan un puesto para llenar requisitos, y con eso dicen luchar contra la desigualdad. Se sigue el mismo principio de los programas de asistencia: que con una despensa para mal nutrir a los niños o una miseria de beca están haciendo una caridad a partir de la injusticia que se ha vivido por siglos de olvido y desprecio.

En la universidad las cosas no cambiaron. Quise estudiar Arqueología, pero en Chiapas en ese momento no existía la carrera. Sí Antropología Social, y traté de sacar ficha. Como era vía electrónica, no me aceptaba elegir esa carrera por mi perfil de la prepa. Tuve que sacar ficha para Economía. Pasé dos semestres en una carrera que no quería. Ya en Antropología, entendí que la lucha no era con los profesores. En el fondo estaba un sistema social y económico neoliberal que no sólo trataba de eliminar mi cultura y mi identidad, sino que me obligaba a estudiar una carrera técnica para ilusionarme con un trabajo al final de mi estudio. Trataban de enfilarme a una mentalidad economicista y técnica al servicio del sistema mercantil que explota, destruye y mata a las personas y a la Madre Tierra. En ese momento entendí más sobre la educación y sus objetivos. Pero lo único que yo quería era aprender, conocer y volar.

Lenguaje cientifico

10 conceptos científicos que usamos de manera incorrecta Annalee Newitz 1) Prueba El físico Sean Carroll explica lo siguiente: Diría que “Prueba” es el concepto científico peor entendido del mundo. Tiene una definición técnica: demostración lógica de que ciertas conclusiones provienen de ciertos principios. Sin embargo, en el habla cotidiana se utiliza como sinónimo de “evidencia fuerte […]

10 conceptos científicos que usamos de manera incorrecta

Annalee Newitz

1) Prueba

El físico Sean Carroll explica lo siguiente:

Diría que “Prueba” es el concepto científico peor entendido del mundo. Tiene una definición técnica: demostración lógica de que ciertas conclusiones provienen de ciertos principios. Sin embargo, en el habla cotidiana se utiliza como sinónimo de “evidencia fuerte de algo”. Eso genera malentendidos entre lo que los científicos dicen y lo que el ciudadano normal entiende, porque los científicos hablan con la primera definición en mente, y según esa definición, la ciencia nunca prueba nada en realidad.

De esta manera, cuando nos preguntan: “¿Cuáles son las pruebas de que evolucionamos de otras especies?” o “¿Realmente puede probar que el cambio climático está causado por la actividad humana?” tendemos a dudar en vez de contestar: “Por supuesto que sí”. La ciencia nunca prueba nada, sino que crea teorías cada vez más exhaustivas y fiables sobre el mundo, pero que están sujetas a modificaciones y mejoras. Esa es una de las claves de su funcionamiento.

2) Teoría

El astrofísico Dave Goldberg tiene una teoría sobre el término teoría (valga la redundancia):

El público en general (y las personas con un hacha ideológica que blandir) equiparan el término “teoría” con “idea” o “suposición”. Sin embargo, las teorías científicas son sistemas completos de ideas que pueden ser refutadas por la evidencia o por un experimento. Las mejores teorías (entre las que incluyo la Teoría Especial de la Relatividad, la Mecánica Cuántica o la Evolución de las Especies) llevan más de cien años soportando intentos de refutarlas por parte de personas que se creen más listos que Einstein, o a los que no les gusta cómo esas teorías afectan a su sistema de creencias sobre cómo funciona el universo.

Finalmente, las teorías son flexibles hasta cierto punto. Una parte de la teoría puede revelarse inexacta sin que toda la estructura de la teoría se venga abajo. La Teoría de la Evolución, por ejemplo, se ha ido adaptando con el paso de los años, pero en esencia sigue diciendo lo mismo. El problema con la frase “es solo una teoría” es que implica que una teoría es algo pequeño, y no es así.

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3) La incertidumbre cuántica y la rareza cuántica

Goldberg añade otro concepto que ha sido malinterpretado de forma aún más peligrosa que “teoría”. Se trata de los conceptos de “incertidumbre cuántica” y “rareza cuántica” que algunos han esgrimido con fines espirituales.

Este concepto mal utilizado viene de una explotación de la mecánica cuántica por parte de ciertos gurús de la espiritualidad y la autoayuda y se resume muy bien en la aberrante película titulada “What The Bleep Do we Know” (¿¡Y tú qué sabes!?).

La mecánica cuántica es famosa por el principio de incertidumbre. Cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su cantidad de movimientos lineales y, por tanto, su masa y velocidad. La posición del observador interfiere con la función observada de manera no determinista.

Sin embargo, el hecho de que el universo no sea determinista, no significa que seamos nosotros los que estamos al mando. Es destacable y francamente alarmante cómo algunos asocian la incertidumbre cuántica con la ideal del alma, de la mente sobre la materia y otras ideas de la pseudociencia. Al final, estamos hechos de las mismas partículas cuánticas que toda la materia, pero eso no nos da superpoderes latentes.

4) Aprendido vs Innato

La bióloga evolucionista Marlene Zuk explica:

Uno de mis errores favoritos es el de los conceptos de “aprendido” e “innato” relativos al comportamiento. La primera pregunta que me hacen cuando hablamos de comportamientos es si son genéticos o no. Esto es un absoluto malentendido porque todos los rasgos son el resultado en parte de los genes, y en parte del entorno. Es la diferencia entre un rasgo u otro la que tiene origen genético o ambiental, no el rasgo en sí. Si separamos a dos gemelos idénticos y ambos acaban hablando idiomas diferentes, la adopción del rasgo es claramente aprendida, pero en ambos casos existe un componente genético que es el que nos permite hablar, sea cual sea el lenguaje.

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5) Natural

El biólogo Terry Johnson está muy cansado de la gente que malinterpreta esta palabra:

“Natural” es una palabra que se ha utilizado en tantos conceptos que ya nadie sabe a qué se refiere. El uso más simplista y erróneo es el que se refiere a natural como un término para distinguir fenómenos que ocurren a causa del ser humano de fenómenos que no, como si el ser humano y sus obras no tuvieran nada que ver con las de los castores, o las abejas.

El término “natural” referido a alimentos es aún más resbaladizo. Se refiere a distintas cosas según el país. En Estados Unidos, por ejemplo, la FDA le ha dado un sentido de orgánico, que es otro término muy ambiguo. En Canadá, puedes etiquetar un maíz como natural si no lleva aditivos, pero es el resultado de miles de años de hibridación y selección hecha por el hombre.

6) Gen

Johnson muestra incluso más preocupación sobre los malos usos de la palabra “gen”:

Hicieron falta 25 científicos discutiendo dos días seguidos para llegar al acuerdo de que un gen es “una región localizada de la secuencia genómica que corresponde a una unidad hereditaria, la cual está asociada con regiones regulatorias y/o otras regiones o secuencias funcionales”. En el lenguaje coloquial, un gen es una unidad de información a la que podemos señalar y decir: “Eso hace algo o regula cómo se hace algo”. La definición es muy amplia porque querían que fuese así. Hasta hace no mucho tiempo, pensábamos que la mayor parte de nuestro ADN no servía para nada concreto. Lo llamábamos “ADN basura”. Hoy hemos descubierto que mucha de esa supuesta basura tenía funciones que no eran obvias a primera vista.

El error más habitual es el uso de la palabra “gen” seguido de la partícula “de” (como en “gen de la adicción” o “gen de la alopecia”). Hay dos problemas con este concepto. El primero es que todos tenemos un gen de la hemoglobina, pero no todos sufrimos de problemas sanguíneos como la anemia. Diferentes personas tienen diferentes versiones de cada gen, denominadas alelos y algunos están asociados a una enfermedad y otros no. Un gen es una familia de alelos. El gen no es malo por sí mismo, sino la versión del mismo que puede tener una persona, que puede resultar problemática.

Lo que me preocupa del concepto “este es el gen de tal o cual cosa” es que populariza la idea de que el gen es culpable de algo, cuando en realidad lo que ocurre es que el alelo tienen una incidencia mayor de padecer una determinada enfermedad. En muchos casos ni siquiera se saben las causas, y es probable que no estén en el alelo en sí.

7) Estadísticamente significativo

El matemático Jordan Ellenberg nos habla de este concepto:

“Estadísticamente significativo” es una de esas expresiones que a la comunidad científica le gustaría poder eliminar y renombrar. Significativo alude a importante, pero el test desarrollado por el matemático británico R.A. Fisher para medir si algo es estadísticamente significativo no mide la importancia ni el tamaño. Se refiere a cuando podemos utilizar herramientas estadísticas para distinguir un dato de cero. En otras palabras, se refiere a estadísticamente discernible o reconocible.

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8) La supervivencia del más apto

La paleoecóloga Jacquelyn Gill señala por qué este concepto se utiliza erróneamente en la teoría general de la evolución:

En lo alto de mi lista de conceptos erróneos estaría, sin duda, el de la “supervivencia del más apto”. En primer lugar, no son palabras textuales de Darwin. En segundo lugar, la gente entiende erróneamente el término “apto”. En general, existe mucha confusión sobre la evolución, incluyendo la idea de que la evolución es un proceso progresivo y direccional, o que es elegido de manera deliberada por los organismos. La gente no entiende el concepto de selección natural o de que los rasgos no siempre son adaptativos. La selección sexual existe, como también existen las mutaciones completamente aleatorias.

Apto no significa ser el más fuerte o el más listo. Simplemente significa que el organismo se adapta mejor al entorno, lo que puede significar que es el más pequeño, el más venenoso, o el que más tiempo sobrevive sin agua. Para rematar, los seres vivos no siempre evolucionan de una manera consistente con su entorno. A veces simplemente tienen que ver con rasgos que el resto de miembros de la especie consideran atractivos.

9) Las escalas geológicas

El trabajo de Gill se centra en los entornos del Pleistoceno que existieron hace 15.000 años. Muy poca gente se hace una idea de lo que significan las diferentes escalas geológicas.

Un error muy habitual es que el público general no entiende las escalas geológicas. El término prehistórico se resume de tal manera en la mente de la gente que creen que hace 20.000 años las especies eran radicalmente diferentes (no es así), o que había dinosaurios (para nada). El hecho de que los juguetes de dinosaurios vengan acompañados de hombres de las cavernas o mamuts no ayuda mucho.

10) Orgánico

La entomóloga Gwen Pearson trata de aclarar la constelación de términos que se escurren bajo el término “orgánico”:

No me preocupa mucho que la mayor parte de usos de la palabra orgánico sean incorrectos en el sentido de que todo lo que contiene carbono suele serlo. Lo que me preocupa es que el término sea utilizado para generar diferencias irreales en la producción de alimentos. Una sustancia puede ser natural y orgánica, y seguir siendo peligrosa y perjudicial para la salud. Las sustancias sintéticas pueden ser más sanas que las orgánicas. La insulina, por ejemplo, viene de bacterias modificadas genéticamente para producirla, y salva vidas cada día.

***

Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium


El primer gran documento del pontificado del papa Francisco ya está en la calle. Se trata de la “Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del Santo Padre Francisco a los obispos, a los presbíteros y diácnonos, a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual”. Son 224 folios y promete ser muy polémica, especialmente en el capítulo segundo: “En la crisis del compromiso comunitario”.

En esa segunda parte de la Exhortación, el argentino hace un análisis de la situación actual en clave económica. Y se lanza con fuerza contra el “mercado libre, la globalización, el crecimiento económico o el consumo”. Una “economía que mata”, asegura Francisco, que llama a los cristianos a “reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo”.

Es una parte pequeña del documento, menos de una decena de páginas, pero con mucho contenido. Porque Francisco no hace ninguna referencia a la intervención de los poderes públicos, ni a la falta de libertad económica, ni a las barreras comerciales, ni a las leyes que limitan la competencia,… Todos los problemas parecen causados por el libre mercado, el capitalismo y la globalización.

En realidad, allí donde más libertad económica hay, menos pobreza existe, algo que el Papa no le parece relevante. Tampoco que sean los regímenes menos amables con el liberalismo aquellos donde más se ataca a la iglesia y donde más crece la miseria. En cuestiones económicas, el enemigo de Francisco es el mercado.

Cuanto más se extiende el libre mercado, más crecen los países. Por ejemplo, el último Índice de Libertad Económica está liderado por Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelanda, Suiza, Canadá, Chile, Mauricio, Dinamarca y EEUU. Todos estos países, con sus diferencias, están también entre los más prósperos del mundo. Enfrente, la lista la cierran Cuba, Corea del Norte o Zimbabue, países donde la carestía crece día a día.

Y en realidad, la pobreza en el mundo no sólo no está creciendo sino que desciende, tanto en términos porcentuales como en números absolutos. Y allí donde más priman los mercados, más cae. No sólo está el ejemplo asiático. En África, se está viviendo una auténtica revolución. El Continente Negro está entrando en el ciclo de la globalización y, en consecuencia, crece a tasas nunca vistas.

Las guerras no las comienzan los mercaderes, sino los políticos y los estados (esos del “bien común”). Y los atentados terroristas y otras formas modernas de violencia son cometidos abrumadoramente por individuos de familias de clase media y alta.

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA EVANGELII GAUDIUM

DEL

SANTO PADRE FRANCISCO

A LOS OBISPOS

A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS

A LAS PERSONAS CONSAGRADAS Y

A LOS FIELES LAICOS

SOBRE EL ANUNCIO DEL EVANGELIO EN EL MUNDO ACTUAL

El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.

La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de
placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría».

Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Co9,16).

La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces
anónimo.

No a una economía de la exclusión

Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se
está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».

En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

No a la nueva idolatría del dinero

Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya
que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que
atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro
(cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiada da en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la gravecarencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz.

Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado,
convertidos en regla absoluta.

No a un dinero que gobierna en lugar de servir

Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios.

La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la
degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado. Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética –una ética no ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos».

Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.

No a la inequidad que genera violencia

Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar
silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de
disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede
esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.

Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo
sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países –en sus gobiernos, empresarios e instituciones– cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.

Algunos desafíos culturales

Evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse. A veces éstos se manifiestan en  verdaderos ataques a la libertad religiosa o en nuevas situaciones de persecución a los cristianos, las cuales en algunos países han alcanzado niveles alarmantes de odio y violencia. En muchos lugares se trata más bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que parezca totalitario. Esto no perjudica sólo a la Iglesia, sino a la vida social en general. Reconozcamos que una cultura, en la cual cada uno quiere ser el portador de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales.

En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas. Así lo han manifestado en distintos Sínodos los Obispos de varios continentes. Los Obispos africanos, por ejemplo, retomando la Encíclica Sollicitudo rei socialis, señalaron años atrás que muchas veces se quiere convertir a los países de África en simples «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la
parte Norte del mundo, no siempre tienen en la debida consideración las prioridades y los problemas propios de estos países, ni respetan su fisonomía cultural».

Igualmente, los Obispos de Asia «subrayaron los influjos que desde el exterior se ejercen sobre las culturas
asiáticas. Están apareciendo nuevas formas de conducta, que son resultado de una excesiva exposición a los
medios de comunicación social […]

Eso tiene como consecuencia que los aspectos negativos de las industrias de los medios de comunicación y de entretenimiento ponen en peligro los valores tradicionales».

La fe católica de muchos pueblosse enfrenta hoy con el desafío de la proliferación de nuevos movimiento
s religiosos, algunos tendientes al fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin
Dios. Esto es, por una parte, el resultado de una reacción humana frente a la sociedad materialista, consumista e individualista y, por otra parte, un aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las periferias y zonas empobrecidas, que sobrevive en medio de grandes dolores humanos y busca soluciones inmediatas para sus necesidades. Estos movimientos religiosos, que se caracterizan por su sutil penetración, vienen a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado por el racionalismo secularista. Además, es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima
poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos. En muchas partes hay un
predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización.

El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios. Como bien indican los Obispos de Estados Unidos de América, mientras la Iglesia insiste en la existencia de normas morales objetivas, válidas para todos, «hay quienes presentan esta enseñanza como injusta, esto es, como opuesta a los derechos humanos básicos. Tales alegatos suelen provenir de una forma de relativismo moral que está unida, no sin inconsistencia, a una creencia en los derechos absolutos de los individuos. En este punto de vista se percibe a la Iglesia como si promoviera un prejuicio particular y como si interfiriera con la libertad individual».

Vivimos en una sociedad de la información que nos satura indiscriminadamente de datos, todos en el mismo nivel, y termina llevándonos a una tremenda superficialidad a la hora de plantear las cuestiones morales. Por consiguiente, se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores.

A pesar de toda la corriente secularista que invade las sociedades, en muchos países -aun donde el cristianismo es minoría- la Iglesia católica es una institución creíble ante la opinión pública, confiable
en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados.

En repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de problemas que afectan a la paz, la concordia, la tierra, la defensa de la vida, los derechos humanos y ciudadanos, etc. ¡Y cuánto aportan las
escuelas y universidades católicas en todo el mundo! Es muy bueno que así sea. Pero nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común.
La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros y donde los padres
transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero
el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja. Como enseñan los Obispos franceses, no procede «del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total».

El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales.

Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga6,2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural.


El primer gran documento del pontificado del papa Francisco ya está en la calle. Se trata de la “Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del Santo Padre Francisco a los obispos, a los presbíteros y diácnonos, a las personas consagradas y a los fieles laicos sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual”. Son 224 folios y promete ser muy polémica, especialmente en el capítulo segundo: “En la crisis del compromiso comunitario”.

En esa segunda parte de la Exhortación, el argentino hace un análisis de la situación actual en clave económica. Y se lanza con fuerza contra el “mercado libre, la globalización, el crecimiento económico o el consumo”. Una “economía que mata”, asegura Francisco, que llama a los cristianos a “reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo”.

Es una parte pequeña del documento, menos de una decena de páginas, pero con mucho contenido. Porque Francisco no hace ninguna referencia a la intervención de los poderes públicos, ni a la falta de libertad económica, ni a las barreras comerciales, ni a las leyes que limitan la competencia,… Todos los problemas parecen causados por el libre mercado, el capitalismo y la globalización.

En realidad, allí donde más libertad económica hay, menos pobreza existe, algo que el Papa no le parece relevante. Tampoco que sean los regímenes menos amables con el liberalismo aquellos donde más se ataca a la iglesia y donde más crece la miseria. En cuestiones económicas, el enemigo de Francisco es el mercado.

Cuanto más se extiende el libre mercado, más crecen los países. Por ejemplo, el último Índice de Libertad Económica está liderado por Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelanda, Suiza, Canadá, Chile, Mauricio, Dinamarca y EEUU. Todos estos países, con sus diferencias, están también entre los más prósperos del mundo. Enfrente, la lista la cierran Cuba, Corea del Norte o Zimbabue, países donde la carestía crece día a día.

Y en realidad, la pobreza en el mundo no sólo no está creciendo sino que desciende, tanto en términos porcentuales como en números absolutos. Y allí donde más priman los mercados, más cae. No sólo está el ejemplo asiático. En África, se está viviendo una auténtica revolución. El Continente Negro está entrando en el ciclo de la globalización y, en consecuencia, crece a tasas nunca vistas.

Las guerras no las comienzan los mercaderes, sino los políticos y los estados (esos del “bien común”). Y los atentados terroristas y otras formas modernas de violencia son cometidos abrumadoramente por individuos de familias de clase media y alta.

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA EVANGELII GAUDIUM

DEL

SANTO PADRE FRANCISCO

A LOS OBISPOS

A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS

A LAS PERSONAS CONSAGRADAS Y

A LOS FIELES LAICOS

SOBRE EL ANUNCIO DEL EVANGELIO EN EL MUNDO ACTUAL

El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.

La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de
placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría».

Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Co9,16).

La humanidad vive en este momento un giro histórico, que podemos ver en los adelantos que se producen en diversos campos. Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente, como, por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente el día a día, con consecuencias funestas. Algunas patologías van en aumento. El miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas, incluso en los llamados países ricos. La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad. Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces
anónimo.

No a una economía de la exclusión

Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se
está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».

En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

No a la nueva idolatría del dinero

Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya
que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que
atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro
(cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiada da en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la gravecarencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz.

Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado,
convertidos en regla absoluta.

No a un dinero que gobierna en lugar de servir

Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios.

La ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la
degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado. Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética –una ética no ideologizada– permite crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos».

Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.

No a la inequidad que genera violencia

Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar
silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de
disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede
esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.

Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo
sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países –en sus gobiernos, empresarios e instituciones– cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.

Algunos desafíos culturales

Evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse. A veces éstos se manifiestan en  verdaderos ataques a la libertad religiosa o en nuevas situaciones de persecución a los cristianos, las cuales en algunos países han alcanzado niveles alarmantes de odio y violencia. En muchos lugares se trata más bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que parezca totalitario. Esto no perjudica sólo a la Iglesia, sino a la vida social en general. Reconozcamos que una cultura, en la cual cada uno quiere ser el portador de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales.

En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas. Así lo han manifestado en distintos Sínodos los Obispos de varios continentes. Los Obispos africanos, por ejemplo, retomando la Encíclica Sollicitudo rei socialis, señalaron años atrás que muchas veces se quiere convertir a los países de África en simples «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la
parte Norte del mundo, no siempre tienen en la debida consideración las prioridades y los problemas propios de estos países, ni respetan su fisonomía cultural».

Igualmente, los Obispos de Asia «subrayaron los influjos que desde el exterior se ejercen sobre las culturas
asiáticas. Están apareciendo nuevas formas de conducta, que son resultado de una excesiva exposición a los
medios de comunicación social […]

Eso tiene como consecuencia que los aspectos negativos de las industrias de los medios de comunicación y de entretenimiento ponen en peligro los valores tradicionales».

La fe católica de muchos pueblosse enfrenta hoy con el desafío de la proliferación de nuevos movimiento
s religiosos, algunos tendientes al fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin
Dios. Esto es, por una parte, el resultado de una reacción humana frente a la sociedad materialista, consumista e individualista y, por otra parte, un aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las periferias y zonas empobrecidas, que sobrevive en medio de grandes dolores humanos y busca soluciones inmediatas para sus necesidades. Estos movimientos religiosos, que se caracterizan por su sutil penetración, vienen a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado por el racionalismo secularista. Además, es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima
poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos. En muchas partes hay un
predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización.

El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y la juventud, tan vulnerable a los cambios. Como bien indican los Obispos de Estados Unidos de América, mientras la Iglesia insiste en la existencia de normas morales objetivas, válidas para todos, «hay quienes presentan esta enseñanza como injusta, esto es, como opuesta a los derechos humanos básicos. Tales alegatos suelen provenir de una forma de relativismo moral que está unida, no sin inconsistencia, a una creencia en los derechos absolutos de los individuos. En este punto de vista se percibe a la Iglesia como si promoviera un prejuicio particular y como si interfiriera con la libertad individual».

Vivimos en una sociedad de la información que nos satura indiscriminadamente de datos, todos en el mismo nivel, y termina llevándonos a una tremenda superficialidad a la hora de plantear las cuestiones morales. Por consiguiente, se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores.

A pesar de toda la corriente secularista que invade las sociedades, en muchos países -aun donde el cristianismo es minoría- la Iglesia católica es una institución creíble ante la opinión pública, confiable
en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados.

En repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de problemas que afectan a la paz, la concordia, la tierra, la defensa de la vida, los derechos humanos y ciudadanos, etc. ¡Y cuánto aportan las
escuelas y universidades católicas en todo el mundo! Es muy bueno que así sea. Pero nos cuesta mostrar que, cuando planteamos otras cuestiones que despiertan menor aceptación pública, lo hacemos por fidelidad a las mismas convicciones sobre la dignidad humana y el bien común.
La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros y donde los padres
transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero
el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja. Como enseñan los Obispos franceses, no procede «del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total».

El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales.

Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga6,2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural.

Bergoglio

José Manuel Valiñas

29 Octubre, 2013 – 11:50

Con la llegada de un reformador del talante de Francisco, y sabiendo las pugnas palaciegas que había en el Vaticano, uno no puede sino preguntarse: ¿en qué momento eligieron a alguien así?

¿Y qué habría hecho JPII el del obispo de Limburgo, Franz-Peter Tebartz-van Els, el llamado “obispo megalómano”, que se gastó más de $40 millones de dólares en “remodelar” su palacio episcopal? De entrada, para mandar un mensaje claro, el nuevo Papa, ese que escogió su nombre en recuerdo del “poverello” de Asís, destituyó de inmediato al obispo megalómano.

De todos son conocidas las anécdotas que revelan un cambio en las formas: el bajarse a saludar a la multitud en Brasil, su desprecio de los modos esclerotizados y de las pompas papales, su genuina universalidad y horizontalidad, su aprecio del diálogo y tantos etcéteras. Lo destacable es que todo indica que no son golpes mediáticos, sino que tiene toda la intención de acompañarlos con hechos.

El que haya dicho que “la corte vaticana es la lepra” resultó para muchos exultante, y que haya llamado a una renovación de la Iglesia es aire fresco para quienes han visto cómo ésta se sumía en un declive moral que ciertamente en su caso no se puede llamar inédito, pero sí lamentable, por la importancia que tiene esa institución en cientos de millones de seres humanos.

La primera prueba de que Francisco va en serio fue la destitución de Tarcisio Bertone, el secretario de estado de Benedicto XVI que llegó a acumular un poder desmedido y que se alzó contra su antiguo amigo Ratzinger hasta dejarlo, en la práctica, sin poder, según infinidad de testimonios. De hecho, gran parte de los documentos que salieron a la luz con Vatileaks hacen referencia al poder palaciego del italiano.

Si hacemos un poco de memoria, el mismo día en que se detuvo al mayordomo de Benedicto XVI, Paolo Gabriele, en 2012, fue despedido de una manera poco amigable el presidente del Instituto para las Obras de Religión, el Banco Vaticano, Ettore Gotti Tedeschi (ambos hechos parecen tener relación). ¿Quién lo despidió de tan mala manera y en contra de la voluntad del Papa? Tarcisio Bertone. En ese entonces el brazo financiero del Vaticano iba a ser sometido a una investigación judicial. Algunos dicen que el Papa lamentó sobremanera la decisión de correr a Tedeschi, pero aún así dejó a su antiguo amigo operar. Ya para ese entonces Bertone se había hecho de tanto poder, mandando al exilio a viejos colaboradores de Ratzinger y poniendo a sus alfiles en puestos clave, que parecía irreversible su posicionamiento.

Tuvo que llegar el Papa argentino para destituirlo y nombrar a un consejo de ocho cardenales, venidos de los cinco continentes (parece que el eurocentrismo y el italianismo finalmente serán revertidos en la Iglesia), para reformar la Curia. Menuda misión, pero tienen a Bergoglio de su lado, y eso ya es mucho. El Papa jesuita acepta que este G-8 debata temas como el papel de la mujer en la Iglesia. Anatema de anatemas, que de pronto ya no es anatema. Y sólo bastó que cambiara la persona que se sienta en la silla de San Pedro para poner en la mesa de discusión los asuntos que no se podían casi ni pronunciar. Ahora Francisco ha dicho: “sufro cuando veo a las mujeres reducidas a la servidumbre en la Iglesia”.

Francisco ha hablado abiertamente del respeto a la comunidad gay, incluso del aborto. De que los casados en segundas nupcias puedan comulgar. De que vuelvan a la grey los purgados en anteriores papados. Y ha recibido a los representantes de la teología de la liberación. Todo ello prefigura una renovación completa en una Iglesia que se venía a pique. Recordemos que apenas hace unos años un obispo no podía acusar a un sacerdote pederasta ante la justicia, so pena de excomunión (consúltese la carta de Ratzinger a los obispos en 2005, salida obviamente a la luz contra su voluntad y cuando éste aún no era Papa, en la que imponía silencio absoluto ante los abusos e incluso violaciones de prelados contra niños).

Sí, el Papa jesuita es un revolucionario, aunque tampoco se deben equivocar los entusiastas extremos (o los que quieren ver en la teología una extensión de la lucha política). El Papa no es un comunista, como algunos quieren interpretar, y ha dicho que desconfía del materialismo marxista. Rechaza asimismo las lecturas meramente económicas de la pobreza, pues ésta se manifiesta de muchas maneras, como ha escrito Hans Küng, el gran teólogo suizo, también purgado por los predecesores de Bergoglio. Pero el Papa, si lo dejan, efectivamente va a revitalizar la Iglesia.

Decimos si lo dejan porque, ¿qué duda cabe que encontrará una oposición cada vez más férrea y organizada en la misma Iglesia, compuesta por infinidad de intereses? Para muestra sólo basta un botón. El Papa dio una esperanza a los divorciados para que puedan comulgar, como sucede en la Iglesia Ortodoxa, pero de inmediato Gerhard Ludwig Müller, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antes el Santo Oficio), declaró que eso es impensable.

Se puede decir que a las fuerzas reaccionarias y ultraconservadoras de la Iglesia Bergoglio las tomó por sorpresa, y no han podido ni meter las manos. Pero, ¿esto seguirá siendo así en el futuro?

José Manuel Valiñas

29 Octubre, 2013 – 11:50

Con la llegada de un reformador del talante de Francisco, y sabiendo las pugnas palaciegas que había en el Vaticano, uno no puede sino preguntarse: ¿en qué momento eligieron a alguien así?

¿Y qué habría hecho JPII el del obispo de Limburgo, Franz-Peter Tebartz-van Els, el llamado “obispo megalómano”, que se gastó más de $40 millones de dólares en “remodelar” su palacio episcopal? De entrada, para mandar un mensaje claro, el nuevo Papa, ese que escogió su nombre en recuerdo del “poverello” de Asís, destituyó de inmediato al obispo megalómano.

De todos son conocidas las anécdotas que revelan un cambio en las formas: el bajarse a saludar a la multitud en Brasil, su desprecio de los modos esclerotizados y de las pompas papales, su genuina universalidad y horizontalidad, su aprecio del diálogo y tantos etcéteras. Lo destacable es que todo indica que no son golpes mediáticos, sino que tiene toda la intención de acompañarlos con hechos.

El que haya dicho que “la corte vaticana es la lepra” resultó para muchos exultante, y que haya llamado a una renovación de la Iglesia es aire fresco para quienes han visto cómo ésta se sumía en un declive moral que ciertamente en su caso no se puede llamar inédito, pero sí lamentable, por la importancia que tiene esa institución en cientos de millones de seres humanos.

La primera prueba de que Francisco va en serio fue la destitución de Tarcisio Bertone, el secretario de estado de Benedicto XVI que llegó a acumular un poder desmedido y que se alzó contra su antiguo amigo Ratzinger hasta dejarlo, en la práctica, sin poder, según infinidad de testimonios. De hecho, gran parte de los documentos que salieron a la luz con Vatileaks hacen referencia al poder palaciego del italiano.

Si hacemos un poco de memoria, el mismo día en que se detuvo al mayordomo de Benedicto XVI, Paolo Gabriele, en 2012, fue despedido de una manera poco amigable el presidente del Instituto para las Obras de Religión, el Banco Vaticano, Ettore Gotti Tedeschi (ambos hechos parecen tener relación). ¿Quién lo despidió de tan mala manera y en contra de la voluntad del Papa? Tarcisio Bertone. En ese entonces el brazo financiero del Vaticano iba a ser sometido a una investigación judicial. Algunos dicen que el Papa lamentó sobremanera la decisión de correr a Tedeschi, pero aún así dejó a su antiguo amigo operar. Ya para ese entonces Bertone se había hecho de tanto poder, mandando al exilio a viejos colaboradores de Ratzinger y poniendo a sus alfiles en puestos clave, que parecía irreversible su posicionamiento.

Tuvo que llegar el Papa argentino para destituirlo y nombrar a un consejo de ocho cardenales, venidos de los cinco continentes (parece que el eurocentrismo y el italianismo finalmente serán revertidos en la Iglesia), para reformar la Curia. Menuda misión, pero tienen a Bergoglio de su lado, y eso ya es mucho. El Papa jesuita acepta que este G-8 debata temas como el papel de la mujer en la Iglesia. Anatema de anatemas, que de pronto ya no es anatema. Y sólo bastó que cambiara la persona que se sienta en la silla de San Pedro para poner en la mesa de discusión los asuntos que no se podían casi ni pronunciar. Ahora Francisco ha dicho: “sufro cuando veo a las mujeres reducidas a la servidumbre en la Iglesia”.

Francisco ha hablado abiertamente del respeto a la comunidad gay, incluso del aborto. De que los casados en segundas nupcias puedan comulgar. De que vuelvan a la grey los purgados en anteriores papados. Y ha recibido a los representantes de la teología de la liberación. Todo ello prefigura una renovación completa en una Iglesia que se venía a pique. Recordemos que apenas hace unos años un obispo no podía acusar a un sacerdote pederasta ante la justicia, so pena de excomunión (consúltese la carta de Ratzinger a los obispos en 2005, salida obviamente a la luz contra su voluntad y cuando éste aún no era Papa, en la que imponía silencio absoluto ante los abusos e incluso violaciones de prelados contra niños).

Sí, el Papa jesuita es un revolucionario, aunque tampoco se deben equivocar los entusiastas extremos (o los que quieren ver en la teología una extensión de la lucha política). El Papa no es un comunista, como algunos quieren interpretar, y ha dicho que desconfía del materialismo marxista. Rechaza asimismo las lecturas meramente económicas de la pobreza, pues ésta se manifiesta de muchas maneras, como ha escrito Hans Küng, el gran teólogo suizo, también purgado por los predecesores de Bergoglio. Pero el Papa, si lo dejan, efectivamente va a revitalizar la Iglesia.

Decimos si lo dejan porque, ¿qué duda cabe que encontrará una oposición cada vez más férrea y organizada en la misma Iglesia, compuesta por infinidad de intereses? Para muestra sólo basta un botón. El Papa dio una esperanza a los divorciados para que puedan comulgar, como sucede en la Iglesia Ortodoxa, pero de inmediato Gerhard Ludwig Müller, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antes el Santo Oficio), declaró que eso es impensable.

Se puede decir que a las fuerzas reaccionarias y ultraconservadoras de la Iglesia Bergoglio las tomó por sorpresa, y no han podido ni meter las manos. Pero, ¿esto seguirá siendo así en el futuro?